Otra muestra de casquería científica: las citas como longanizas (y cómo evitarlas)

Hace poco añadí a las bellas durmientes de van Raan otro de los símiles útilers en comunicación científica: los cadáveres excelentes. Quizá debería haber completado el cuadro refiriéndome a los artículos zombies, por aquello de la proximidad de los muertos vivientes a los muertos bien muertos. Para quien no esté familiarizado con la jerga de la comunicación científica y su picaresca: un artículo zombie es aquel sucesivamente rechazado por las revistas de su especialidad y que, sin embargo, sus autores se empeñan en someter a más y más títulos como si se resistieran a enterrar (en un cajón se entiende) ese trabajo sin ninguna posibilidad de alumbramiento.
Si algo nos enseña el mal gusto de los autores de novelas gráficas y de los guionistas que adaptan sus obras es que la casquería tiene su clientela y que, para desgracia de los demás, Jacques Tourneur (I Walked with a Zombie, para RKO en 1943) no creó escuela. Pero a lo que íbamos.
La casquería no es un referente único. Muy cerca del puesto de visceras se encuentra la charcutería y es frecuente en la jerga el recurso a sus productos. Así,  la fragmentación de una única serie de observaciones en publicaciones reiteradas de casi los mismos resultados se ha dado en llamar “publicación en salami” (salami slicing) y como, por otra parte, chorizos hay en todas partes, no es difícil encontrarlos entre plagiarios y autores honoríficos.
Pero yo quiero hablar de las longanizas. Y quiero hacerlo con precisión: no me refiero a salchichas, sino estrictamente a longanizas ¿ Que cuál es la diferencia ? Sencilla: las salchichas se presentan aisladas, las longanizas en sarta o ristra. Y éste y no otro es el meollo y de paso el final de mi rodeo. Veréis.

2015-11-17 11.42.48

Ensartado de longanizas en un obrador (Venta del Aire, Teruel)

La cosecha de trabajos relevantes para la comunicación científica es abundante estas semanas y creo que de calidad. Voy a dedicar una próxima nota a comentar uno donde John P Walsh y Sahra Jabbehdai se las entienden con el espinoso asunto de la autoría. Pero antes lo menciono aquí sólo para destacar un detalle de su redacción. La cita literal es la siguiente:

authorship may also reflect social factors such as eminence or hierarchical position (Birnholtz 2006; Drenth 1998; Flanagin, Carey, and Fontanarosa 1998; Haeussler and Sauermann 2013; Laudel 2002; Mowatt et al. 2002; Rennie, Yank, and Emanuel 1997; Sismondo 2009; Zuckerman 1968)

¿ Alguien se percata del detalle ?. Para apoyar la afirmación de que quizás existan factores sociales que determinan el orden de firma [de los artículos de investigación] los autores citan…  nueve (nueve, o sea 9) investigaciones previas. Y por cierto, de forma desordenada.
A esto he dado en llamar citas como longanizas: a que se agolpen en una ristra o sarta un montón de autores y años o, en el sistema numérico, largas secuencias separadas por coma o por guión.
La idea que se intenta transmitir es la de unanimidad, la de que todo el mundo está de acuerdo en que el SIDA no tratado es mortal o en que las estructuras sociales de la ciencia determinan el orden de firma de los trabajos. Pero esta práctica es nociva sobre todo para el lector. Aún no he tenido tiempo de demostrarlo, pero demostraré que la lectura y comprensión de un texto científico, de por sí usualmente aburridas, se hacen más difíciles cuando las citas en el texto se acumulan como longanizas en su sarta.
Bueno, si los malos cómicos introducen “morcillas” sin tino ¿ Por qué los investigadores no han de emularlos ensartando longanizas a tutiplén y porrillo ?. Al fin y al cabo, entre las reglas para la escritura de trabajos sistemáticamente aburridos (“consistently boring”) se recomienda la escritura de trabajos laaaarrgooosss y la inclusión de muchas referencias para apoyar afirmaciones triviales.
No conozco a director alguno que haya propuesto limitar esta práctica, pero no pierdo la esperanza de que se apliquen algunas reglas sencillas que podrán contribuir a su desaparición:

Primero, el premio a la originalidad y homenaje al pionero.

En este caso a la pionera: si Harriet Zuckerman halló que las relaciones sociales entre científicos determinan el orden de firma de sus trabajos, basta con citar su trabajo de 1968. Los siguientes se han limitado a confirmar su hallazgo, que ella demostró por primera vez con gran elegancia.

Segundo, el premio a la robustez.

Me he encontrado con trabajos recientes que llegan a las mismas conclusiones que otros anteriores pero, siguiendo la moda actual de trabajar con poblaciones en lugar de con muestras, dan a sus análisis estadísticos y a sus conclusiones una gran robustez. El ejemplo siguiente, que he aplicado en propias carnes, ilustra la diferencia.
La afirmación de que existe una relación entre el número de autores de un trabajo y la frecuencia de citas que ese trabajo recibe posteriormente se puede apoyar en el trabajo “The effect of scholar collaboration on impact and quality of academic papers” o bien en el titulado “Team size matters: Collaboration and scientific impact since 1900”. Yo he citado el segundo porque es más actual (2015 a 2010) porque cubre un periodo mucho mayor (nada menos que 112 años frente al estudio transversal del primer trabajo) porque abarca más disciplinas (el primero sólo  trabajos en revistas de 20 categorías temáticas) y se extiende a más culturas (algo más de 28 millones de trabajos internacionales frente a 18.500 trabajos italianos).
No hay color, creo yo.
Es viernes y mañana asisto a la representación de la Symphonie der Tausend, lo que me sugiere abundar en temas fúnebres, como éste de Gilberto Gil. Para el fin de semana, que vuelve a ser largo, tiene su miga. Y ya si se combina con embutidos…: