La semana de la víctima

En 1972 se estrenó una de las mejores películas dirigidas por Eloy de la Iglesia, que también era el autor de la trama. En ella, a Vicente Parra no le quedaba más remedio que encadenar un asesinato tras otro, por aquello de que una cosa lleva a la otra: que si mi mujer me ha visto matar (accidentalmente) a un taxista, que si mi hermano y mi cuñada sospechan de lo de mi mujer, igual que mi padre… el matador protagonista, acumulando un asesinato tras otro, contaba afortunadamente con unas instalaciones industriales donde dar salida a tanta casquería. Como el protagonista de otra magnífica historia, la novela “Por amor al arte” de Andreu Martín, el Marcos de la peli mata con impasibilidad, casi con estupor. Pongamos que cada amenaza provoca una curiosidad y cada muerte, un descubrimiento: el extraordinario descubrimiento de la impunidad.

EC

La maravillosa mirada de Emma Cohen, una de las víctimas en la historia de Eoly de la Iglesia.

La película de Eloy de la Iglesia se tituló “La semana del asesino” y yo he parafraseado ese título para mostrar mi hartazgo con los acontecimientos de estos últimos, pongamos que siete,  días.
El lunes descubrí que la arrogancia lleva a algunos a presumir incluso de su propia ignorancia. Ya sé que eso tiene una explicación psicológica, pero es desalentador que un  adolescente, cuando se le sugiere que debe interpretar un finale “como si fuera de Shostakovich” se desentienda arguyendo que ni siquiera sabe cómo se escribe  ese nombre. ¿ Llegará ese estudiante a comprender la genialidad de la Música para Cuerda, Percusión y Celesta o las series de Rebounds ?  ¿ Llegará a acentuar Bartòk y a escribir Iannis Xenakis ? ¿ Y podrá entonces comunicar esa música para el disfrute de quienes no sabemos qué hacer con una baqueta ? ¿ O seguirá aporreando inmisericordemente sus cajas y timbales sin la menor expresión ?.
Esta misma mañana he leído que un dirigente europeo está llamando al boicot a una marca de cerveza, pretextando que la estrella de su logotipo recuerda la simbología comunista. Dudo mucho que estemos ante otro caso de ignorancia. Este desalmado pretende sacar ventaja de una deriva nacionalista con un porcentaje de manipulación algo más alto del habitual. En todo caso, la tontuna la ponen sus seguidores. A ver si consiguen entre todos auparlo a esa carroza donde menudean las salidas de tono hirientes en medio de saludos brazo en alto… ¡ Cómo echo de menos a los caricaturistas del XIX cuando imitaban las composiciones de Del Bosco, las mejores fallas desde siempre !
Entre el adolescente percusionista del lunes y el populista cervecero del viernes, he sido víctima de parecidos ataques durante toda la semana. Algunos son cotidianos, como los que surgen de la deriva de los diarios españoles hacia el extremo de los manuales de autoayuda, el amarillismo y el cotilleo. Otros, aunque aparecen por sorpresa, tienen en común la burrería, la ignorancia supina o una desgana más o menos disimulada.
Aunque soporto a duras penas las ignorancias ajenas, quizá tengo pocos motivos para la queja. Hasta es posible que por fin haya aprendido a descubrir el lado bueno de las cosas. Gracias a esas decepciones encadenadas, me dirijo hacia las personas, los objetos y los acontecimientos capaces de estimularme, de apartarme de la vulgaridad, de hacer de cada día algo único, aunque haya sido triste o deslucido o agotador.
Y siguiendo por ese camino, vamos a olvidarnos de esos 1,2 grados de Madrid y de toda la nieve caída y que caerá a ritmo de DJ francés (Valentin Brunel, aka Kungs) de un trío funk y, sobre todo, de la historieta del video, grabado en las Cícladas con las impresionantes y raras playas de Milos.

Finalmente, otra coincidencia para nuestra colección: Eloy de la Iglesia, que sobrevivió a los estragos de la heroína, murió finalmente el 23 de Marzo de 2006, hace once años y un día. Le agradecí y aún le agradezo sus películas, que me alegraron la adolescencia.

Pero… ¿ A quién se le ocurre ?

Vale, ando estos días algo corto de excusas para rellenar nuevas notas y realmente abrumado más por mis aficiones  que por mis obligaciones. La música es la principal y las lenguas (Isabel S está al tanto) van detrás. Cualquier aficionado sabe que en el mes de Noviembre se produce el gran choque de trenes: las celebraciones de Santa Cecilia y la preparación del concierto de Navidad casi de inmediato. Difícil, difícil.

Pero no es sólo eso. Además conviene conciliar los temas que uno trata o los asuntos que menciona con los intereses de los eventuales lectores. Y en eso  las cosas no es que mejoren. Un repaso rápido en los siguientes párrafos.

Phil y sus colegas de The Scholarly Kitchen han ofrecido una crónica más que hilarante de un congreso sobre identificadores persistentes (DOI, ORCID y demás). Y la crónica es hilarante porque el congreso se ha celebrado este mes de Noviembre en OMG!… Reykjavik. Alice Meadows hace la crónica. Phil aporta notas sobre un par de conversaciones que mantuvo mientras, literalmente, “desarrollaba una déficit de vitamina D”. Combinar la oscuridad del paisaje islandés con los resultados de las elecciones estadounidenses no es que le ayudara mucho.

La literatura “profesional” aburre. Information Processing & Management, que fue mi revista favorita hace tiempo, se descuelga de vez en cuando con trabajos de tipo bibliométrico. En su número del próximo mes de Enero, un grupo de investigadores emplean el análisis de redes sociales para medir la influencia social de los científicos a partir de sus redes de colaboración. Otro, que va por libre, trata de dilucidar los mecanismos por los cuales se rige la co-autoría de trabajos científicos. Aunque hay otro artículo también próximo a otra de mis líneas de trabajo en el que participan investigadores españoles, me resulta demasiado obstruso porque la elaboración de resúmenes de patentes mediante procesamiento del lenguaje natural no es algo que entienda ni quiera entender.

No voy a recomendar a Michael Torke y su música. Y no porque no me resulte interesante: lo es el personaje y lo son las obras. Pero condenaros a la música minimalista donde se combinan células temáticas provenientes de líneas de percusión en música rock con las idas y venidas de un cuarteto de saxos no es mi idea de desearos un buen fin de semana. Y si no, fijaros en las propias palabras de Torke:

“When I am drawn to a particular rhythmic groove from an overheard pop song, I scratch my head and think: “I like that, how could I use it?” To me, it’s not worth trying to write another of the ten million songs out there. But I’ve found that if I take a small part of the drum track and assign it to the non-percussion instruments I’m writing for, then interesting things happen”

 

Así que por partida doble: ¿ A quién se le ocurre asistir a un congreso en Noviembre en Islandia ?. Y ¿ A quién se le ocurre algo que no sea aburrido ni suene a “intento de resumen anual” (empiezan a leerse) como excusa para estas notas ?

No se hable más. Aquí tenéis a Ellie Goulding en el más puro estilo “mira-lo-que-hago-con-el-kulito”. La mejor demostración de que este mundo está lleno de nerds y de que, por descontado, los nerds son quienes valen la pena (no todas, you bitch).

Y, por supuesto, buen fin de semana, felices compras y… ya podéis ir haciendo sitio para lo que vendrá en los próximos días.

 

 

…where the doves go to die

It’s been not a good week. Please, indulge  me this little chronicle just as an escaping illusion. As of the video, I know, it’s somehow sorrowful but still…

The Jheronimus van Aken exhibition at the Prado Museum, which ran from May to September this year, reached the impressive number of 600,000 visitors. This record comes as no surprise as we identify van Aken as the artist who honoured his hometown adopting the pseudonym of “Bosch”, the highly popular Hyeronimus Bosch; but, still, seems a good excuse to inquire once more about the steady or even rising popularity of such a limited and distant artist.
I don’t mean to show disdain about him— how could I dare !. I just want to make a point of the scarcity of his work— few more than twenty paintings have been credited to him— the very limited themes covered— most if not all reproduce biblical scenes or have religious content— and of the fact that he was born around or shortly after 1450, at a time when America had not yet been discovered— hence the distance— and died in 1516, half a millennium ago.

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Paco Nieva, a quien antes conocí  como “tumbao” que como autor.

And yet, Jheronimus Bosch is appreciated as the creator of a world of  esoteric and  magic resonances,  a Paracelsus (his contemporary) whose alchemy is based in the figurative translation of our main myths: origin, end, fate. The language into which Bosch translates these myths is made up of tiny interacting couples: human for the most part in “The hay wain”,  half human half chimeric when representing hell torments or mundane vices in “The last judgement” and a mix of humans and allegoric images of an obscure meaning, like the “tree man” representation of the right panel of “The garden of earthly delights”. Some times, this oneiric universe could be viewed as an never ending parade of monsters (as people usually refer to them) in morbid scenes heading to some final cliff. Impossible to ascertain which chemicals could draw someone to such a delirium.

leonard

Un grito a la arrogancia de los jóvenes, aunque él nunca lo hubiera admitido. De su versión del pequeño vals de Lorca procede el verso que he utilizado como título.

The exhibition at El Prado, however successful and very populated, was somehow flawed precisely by its own success and popularity. The long lines of people waiting for their turn to enter the exhibition were followed by crowded groups of the same people desperately trying to catch some detail on the canvas; an almost impossible task. In a sense, the magnificent effort of imagination has been wasted by a shortsighted organisation. In this respect, El Prado would have to follow some of the usual practices at the “Reina Sofía”, the homologous museum focused in contemporary art: the use of screens to magnify and describe the contents it exhibits, at least those whose craft is near to that of some miniaturists, as is the case. On the other hand this would approach the crafting of Bosch to the contemporary sensibility of people that appreciate the narrative, the story inside every painting as they have been raised in a plastic rather than literary environment.
This last remark leads me to my final comment and recommendation: the Bosch commemorative exhibition needed an extra effort to approach its contents to current people and, at the same time, to prolong and reinforce its influence: along with the retired people and the familiar groups lining up for a while maybe too long, some daily or weekly period would had to be reserved for the growing population of young involved in that intersecting world where plastic art and disciplines meet the information technologies and the graphic narratives of comics. Students and practitioners of these disciplines would have to be forced by some sort of chimeric guardians to attend and contemplate and imitate the exploding delirium of that far and weird and obscure dutch painter. Some industries, like those of computer animation and some creative products like graphic novels would greatly benefit of their practitioners being exposed to such an explosion of creativity.

Take This Waltz from Charissa Olano on Vimeo.

Fragmentos de bestiario

Reconozco mi ingenuidad, aliada natural de mi incapacidad para sacar provecho de la experiencia. Lo de no aprender nunca y lo de tropezar con la misma piedra han sido cualidades que me han acompañado un tiempo demasiado largo.
Durante la mayor parte de ese tiempo he pensado que combinar palabras para crear un nuevo vocablo era cosa del alemán, la lengua donde es posible encontrar maravillas como rollstuhlbasketballerinnen. También la forma en que el inglés apila monosílabos o fragmentos de palabras y hasta siglas para crear neologismos me ha admirado siempre. Creo que en muchos idiomas orientales lo que se combinan son sonidos que representan nuevas ideas.

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Colocada a demasiada altura, pero igualmente emocionante.

Como la terminología médica fue una de mis debilidades, pensé que palabros como ortopantomografía o esternocleidomastoideo agotaban las posibilidades en nuestra lengua. Hasta que una especie de concurso donde se pedía a la gente que propusiera la palabra española más bella, me hizo volver el pensamiento hacia nuestro lenguaje común y encontrar, junto a muchas otras, palabras como aspavientos o tragaldabas, riquísimas en contenido, en poder plástico, casi tan rotundas como mariliendres, que aún anda esperando al académico que la fije en el diccionario.
Y luego está despecho. Una palabras simple, casi vulgar si no fuera porque es engañosa; no se trata de una de tantas combinaciones que hacen uso del prefijo negativo des-. Sólo cuando pecho significa teta, despechar es destetar. Pero yo me refiero a la primera acepción, donde no es la ortografía, sino la definición la que contiene una disyuntiva que resulta en un doble significado o un significado doble. Veamos, despecho es:

“Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”

Preciosa definición ¿ no ?. Entre sus méritos destaca en que contiene otra palabra que me maravilla: malquerencia, casi un oxímoron, si ‘querer’ se interpretara siempre en sentido positivo. Ojalá pudiera saber quien fue su autor. No descarto un vistazo a los cajetines que atesoran nuestra lexicografía la próxima vez que ronde los Jerónimos. Pero ahora lo que toca es reconocerme despechado y, de las dos especies de despecho, afectado por la segunda, la que se refiere a los “empeños de la vanidad”. Esta es mi confesión: mi corazón está incólume, he reemplazado los deseos que dejaron de satisfacerse y me siento tranquilo. Pero aún no he reparado mi orgullo. Y me resulta humillante y me duele no poder desprenderme del recuerdo de alguien con la misma rapidez que me desprendí de la presencia de ese mismo alguien.
No tengo más remedio que comportarme con vulgaridad y conjurar de mala manera a esa mala bestia de mi biografía. Hoy, mediado el mes de Septiembre, es un día magnífico para brindar ante una pinta de Martin’s “Get the fuck out of my mind, you miserable. To your demean and miscarriage !” sonreír y sorber con lentitud.

…por no callar de lo que distingue el día (con arena)

Una llamada de teléfono y mi sempiterna incapacidad para decir “No” me retienen en el vaivén diario al campus de mi universidad- por otra parte casi desierta. Estos días me divierte el metro. A la ida suelo utilizar los auriculares para evitarme conversaciones estúpidas y el juego de cintura para evitarme todo tipo de lesiones, punzadas y rozaduras contra cualquiera de las innúmeras armas del utillaje playero: los vagones van repletos de grupos con afán de agua y arena, convenientemente pertrechados con bolsos de arpillera de bordes encrespados, sombrillas de amenazantes puntas, hinchables de todos los tañamos y filos (uno que simula un tiburón es divertidísimo) además de hordas de niños que se convierten en armas arrojadizas en cuanto se activan los frenos con más determinación de la cuenta. ¡ Y que duros tienen los huesos las criaturas !.
Mi regreso coincide con el final del “turno de mañana” de esa fábrica de pieles enrojecidas y cansancios y sed que es una playa, cualquier playa. El desaliño de la mañana se ha vuelto en una total pérdida de compostura, en una dejadez de arena en los tobillos y greñas rebeldes a las gomas, las gorras o los sombreros. No es que las miradas estén perdidas, es que apuntan a la penumbra de la siesta como a una tabla de salvación entrevista tras el sol que ha machacado desde los hombros a los empeines. Los niños, ahora inofensivos, se dejan mecer contra el cuerpo de sus madres y los bolsos y las sombrillas son ahora romos.
Pero quiero hablar de la mujer de la peluca.

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La he visto esa misma mañana, en los diez minutos del transbordo, y en seguida he sabido que eso, el hecho de encontrarla, era lo que iba a distinguir el día. En algún tiempo entre los cuarenta y los cincuenta; en alguna talla entre el uno setenta y mucho y el uno ochenta y poco; de empeines y hombros y rostro blancos; fácil de adivinar bajo el vestido playero, largo y barato; el pelo moreno más corto que el mío, uniéndose en la nuca al lazo del sujetador; un regazo acogedor, según he supuesto cuando se ha sentado a mi lado y, al otro lado de su mirada azul, las páginas de un libro, separadas por los dedos que, además, sujetaban un lápiz corto.
He intentado encasillarla por su físico. De todos los arcos que contiene el cuerpo de una mujer, suelo fijarme en el arco de Eros (en el reborde del labio superior) y en otro que nadie ha nombrado y a mí me resulta más definitivo: el arco del cuello que se extiende. He supuesto que es eslava, aunque no sea rubia. Luego he rectificado y la he juzgado holandesa. Sí, creo que en eso he acertado.
Lo que distingue un día, sea persona, animal, circunstancia o cosa, necesita un nombre. De lo contrario, no es definitorio. La mujer que compartía el banco conmigo fue única no por ser alta, no por parecerme holandesa, gay, muy hermosa. La definía un libro de bolsillo que leía y marcaba de vez en cuando con un gesto rápido del lápiz. Confieso haber sido indiscreto, haber aguzado la mirada hasta apreciar que el libro estaba escrito en inglés y que la primera de las palabras que la mujer había circunscrito era “wig”.
Entonces ya no importó que estuviera leyendo la primera de las novelas de Harry Potter “Harry Potter and the Philosopher’s Stone”. En aquel preciso momento se convirtió en “la mujer de la peluca”.
Ese día, en que descubrí con horror,  la sinfonía Babi Yar de Shostakovich, en que me enfrenté a los proyectos que han desarrollado desde 2003 el consorcio multinacional de investigación sobre el Báltico, en que recibí algunos arañazos y empellones de los impacientes bañistas, ese día se convirtió y ya es y siempre quedará como el día de la mujer de la peluca.
Hablar por no callar siempre es tontería, esta vez también, y encima con la molestia de la arena. Me pregunto si esa mujer habrá nombrado su día según el tipo indiscreto que oteaba sobre su hombro su lectura. Y, ya puestos, me gustaría saber qué aspecto tenía ese mismo hombro en el trayecto de vuelta.

De concentraciones y relajos

¿ Qué revelan realmente las vacaciones ? ¿ El deseo de cambio, de conocer algo y alguien nuevos o bien el deseo de olvido, el desaparecer un tiempo, el perder de vista algo y alguien muy vistos ?
Por lo que observo a mi alrededor, la segunda opción es la válida. La gente vuelve a sitios que ya visitó o a los pueblos y ciudades de los que partió. Y lo hacen casi en cada periodo de vacaciones así que, como repiten sus destinos, hay que creer que lo que pretenden es escapar de su medio cotidiano. Acaso las dos opciones sean igualmente válidas: volvemos a los mismos sitios para escapar de las mismas caras. O algo así.
Cuando regresamos lo hacemos cargados de cambio. Tenemos un nuevo color de piel o un nuevo amor o un recuerdo diferente o muchas fotos con las que aburrir a los compañeros o amigos o vecinos o parientes. Ellos, a su vez, ya se encargan de tomarse cumplida revancha y hablarnos de sus hallazgos y sus novedades.
Después, todo y todos siguen igual… Y hasta la próxima.

viveros

El “Desnudo con libro” de José Esteve. Una de las mejores imágenes para esta época.

Sospecho, entonces, que no nos apartamos de los demás para “recargar las baterías” sino para “descargar los hartazgos” que nos acarrean personas y circunstancias a quienes apreciamos, pero no aguantamos más allá de un límite, los once meses que van de cada final de agosto a cada final de julio.
Por supuesto que hay personajes de los que no hay forma de librarse, pero ese es otro tema.
Suelo compartir con vosotros algunos temas musicales en forma de video. Algunos videos me impresionan, algunos temas son magníficos. Pero confieso que miento con descaro cuando simulo que esa es la música que me interesa. ¡ Ni de lejos ! Como productos industriales, esos temas son impecables. Como productos culturales, su contenido es más que discutible. Están preñados de un sexismo atroz, por nombrar sólo alguna de sus rasgos más evidentes. Pero molan. Y uno no puede evitar moverse al compás de esos bajos tan poderosos, que parecen empujones más que impulsos.
De Ariana Grande no sé gran cosa. Que alguien haya vetado su presencia o su actuación en la Casa Blanca me da igual. Es uno de tantos productos de temporada que quizá consiga permanecer en la industria y quizá no. Su paso por filtros y más filtros, su disfraz de personaje de Manga y las pobres imitaciones de Beyoncé de sus coreografías no auguran nada bueno. Por otra parte, si una chavalilla de 23 años va por la vida de “mujer peligrosa” es que es una creída, con independencia de a quiénes pretenda convertir en víctimas.


Y ahora, una de mis habituales contradicciones. No os deseo que os concentréis, como machaconamente quiere la cancioncita de marras, sino que sigáis el  estribillo para todo lo contrario:

Just come and get it let them say what they say
‘Cause I’m about to put them all away

Eso. Echadlo todo por la borda y que digan lo que quieran.
Mientras disfrutáis del tema de Ariana, me voy a concentrar (yo sí) en lo que realmente me apasiona. Algún día tendré que contarlo, qué engorro…

Te puede pasar a tí (y yo que tú me dejaba)

He estado algo ocupado los últimos días. Por eso no preparé nada para desearos buen fin de semana, con la correspondiente sugerencia musical, ni acabé la redacción de dos entradas de las aburridas, del tipo de las que alcanzan una inexplicable repercusión en América (que fíjate tú…).
Como mucha gente, trabajo con datos. En estos tiempos es muy fácil recopilarlos pero editarlos, darles calidad, sigue siendo una tarea de cenobio, monacal. Y los datos pueden ser muchos miles… Por fortuna, esa parte de la tarea ha acabado y, mientras reúno fuerzas para empezar la fase de análisis, he decidido volver a las andadas y dedicar esta entrada a lo que realmente importa: transmitir mi sorpresa por las cosas que merecen la pena y, así, compartir con vosotros el placer de conocerlas.

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Crisantemos (creo) en el mercado de los sábados de Leiden

A todos nos ha pasado y también te puede pasar a tí: de repente, sin venir a cuento, se instala en medio del pensamiento una música, un ritmo o una melodía. El problema es que llega para quedarse, no sale ni con agua caliente. Es, por repetitiva, por insistente, por pesada la perfecta definición de un gran adjetivo: machacona. Nos asalta de buena mañana. Creemos haberla dejado atrás durante un trayecto de autobús especialmente traqueteante. Pero no: reaparece al llegar al trabajo, al final de cada diálogo de café, en los momentos que deberían ser de total concentración. Dicen que se difumina y hasta desaparece cuando leemos. Dicen que esas musiquillas son como los amoríos, que hay que cambiarlas cuanto antes por otras, para que las molestias de los finales dejen paso a las alegrías de los comienzos. Yo no dudo de la bondad de esos remedios pero ¿ Realmente son tan desagradables ? ¿ Es obligatorio librarse de esas frases, esos ritmos, el recuerdo de esos timbres ?. Para hacerlo de forma consciente, habría que indagar sobre su origen. Quizá entonces nos diéramos cuenta de que no siempre son tan maquinales. Quizá no quisiéramos conjurar esos sonsonetes, que llegan tan cargados de ternura, de evocaciones de tiempos y sitios y sensaciones y personas…
Mi estrategia es la contraria y copia descaradamente el viejo adagio: Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Tararéalos. Sílbalos. Tamboriléalos. Súbelos una octava. Añádelos un nuevo acompañamiento. Báilalos cuando nadie te vea. Disfrútalos.
Tengo un ejemplo perfecto que, por supuesto, es el que ha originado esta entrada.
He acompañado el trabajo intenso, muy concentrado, de estas dos semanas con la música de un hombre que suscita mi admiración y mi compasión. Que George Gershwin, el más popular compositor americano muriera a los 38 años, cuando estaba en la cima de su éxito y en la culminación de su oficio, no fue una desgracia, fue una grandísima tragedia. Siento mucha pena por él y por su muerte prematura, pero me guardo la tristeza para mis solo y comparto con vosotros una de tantas piezas maravillosas salidas de su cabeza (y su piano): “Fascinating Rhythm”. La canción la estrenaron en 1924 los hermanos Astaire (Fred y Adele) y creo que fue el mejor número del musical de Broadway Lady Be Good !. Buena debe de ser porque hasta ahora la han versionado 71 artistas, desde Benny Goodman a Jamie Cullum, pasando por Ella Fitzgerald o Antonio Carlos Jobim.
La número 72, que os ofrezco, es una sorprendente solista vocal que se llama Jen Barnett de la que apenas puedo decir dos cosas: tiene una dicción buenísima (algo desmayada en la primera estrofa) y tiene los lunares estratégicamente dispuestos. Para que comprobéis lo de la dicción, os añado la letra del tema:

Got a little rhythm, a rhythm a rhythm
that pitter pats through my brain
so darn persistent, the day isn`t distant
When it`ll drive me insane

Comes in the morning
without any warning
and hangs around all day
I have to sneak up to it, some day I`ll speak up to it
And hope it listens when I say…

Fascinating rhythm
you got me on the go
Fascinating Rhythm, I`m all a quiver
what a mess you`re making,
the neighbours want to know
why I`m always shaking,
just like my grandmother.

Each morning I get up with the sun
to find at night no work has been done…
I know that once it didn`t matter,
but now you doing wrong
When you start to patter, I`m so unhappy.
Won`t you take a day off,
decide to run along
Somewhere far away off
and make it snappy.

Oh how I long to be
the man I used to be,
Fascinating Rhythm
Why don`t you stop picking on me.

Para que comprobéis lo de los lunares, aquí tenéis el video.


Observaréis que el diagnóstico es exacto: “Comes in the morning without any warning and hangs around all day…” Repito mi consejo. No luchéis contra la machaconería, aprovechadla en vuestro provecho, sobre todo si tiene un ritmo tan fascinante !