Gazmoños, mojigatos y Roberto Cavalli

Hace tiempo asistí a una de tantas muestras de esa clase de despropósitos que en la jerga de Internet se llama “trollismo”. Vaya, a un intento de buscar la complicidad o provocar la protesta o incitar al insulto contra alguien de una forma extemporánea y desproporcionada . Esta vez le tocó a Khatia Buniatishvili, que interpretó el Concierto para piano de Robert Schumann acompañada de una de las orquestas que más me gustan en el Rheingau Musik Festival, a finales de Agosto de 2012.
La grabación, que se ha reproducido ahora más de 3.700.000 veces, ha suscitado casi 1900 comentarios, bien contrarios o bien favorables a… la vestimenta de la pianista.
Veamos (la fotografía seguro que ayuda): Khatia, que está a punto de cumplir 30 años, revela su origen georgiano en cada mirada negrísima y en todos los tonos de su piel, aceitunada como la de una romaní. Que para ese concierto eligiera un vestido blanco que dejaba al desnudo sus hombros y su espalda sólo merece, creo yo, el comentario más jaleado de todos los que, para bien, se dirigieron a su imagen:

The woman can wear whatever she god damn want to (Freydabae)

Khatia

Su técnica, su postura y su capacidad de entendimiento con la orquesta parece que quedan fuera de toda duda. Pero los comentarios supuestamente cándidos, propios de los más pobres de espíritu o de los peores cínicos fueron (y siguen siendo) numerosos:

There really is a double standard in the way pianists dress.  While women can wear comfortable clothing, men still have to wear tuxedos with neck-throttling bow ties (Gerry R)

Khatia no es la única que ha recibido críticas de esa clase. Yuja Wang, otra grandísima (si olvidamos su altura) pianista, suele vestir de Roberto Cavalli y ha sido definida como “un prodigio al piano popular por la brillantez de sus interpretaciones y por su llamativa vestimenta (“dramatic outfits”). Las críticas le llegan desde arriba (“spiky-haired”) hasta abajo (“five-hinch-heels”) y, sin embargo, yo nunca la he oído fallar un pedal…
Las músicas no son las únicas destinatarias de tanta tontería, por mucho que el machismo sea un ingrediente más que habitual de estas salsas. Pero Yo-Yo Ma o Lang Lang o James Rhodes no han recibido censuras por sus formas de vestir o no sólo por eso. Si en lugar de concertistas de música sinfónica fueran vocalistas de grupos de rock, dudo que alguien reparara en su forma de vestir, criticara su tendencia a la mezcla de estilos (Ma o Lang)  o censurara su testimonio como víctima de abusos (Rhodes).

Hay otra forma de ver las cosas: con independencia de sus gustos personales, las empresas discográficas que contratan a estas dos pianistas están sacando buen partido de sus, llamémoslas veleidosas elecciones de vestuario. Todo el mundo señala que la interpretación musical actual tiene un componente plástico, visual: un concierto no sólo se interpreta, también se representa. No sé cómo le va a Khatia, pero Yuja coloca el “sold-out” con relativa facilidad.
Creo que quien afecta escrúpulos, quien censura de forma exagerada e irrespetuosa, no está defendiendo con más o menos calor una opinión o esgrimiendo un argumento o declarando una convicción. Creo que está padeciendo la famosa terciana  que combina la frase hecha con el estereotipo y el lugar común. Esta dolencia no la originan los mosquitos (como la malaria, de donde he tomado el adjetivo) sino las tonterías y esa extraña tendencia a limitarse a cuatro prejuicios que adquirimos antes de los 20 y no dejamos ni pasados los 80. Pereza intelectual, conformismo y dejadez serían buenos sinónimos  ¿ Por qué se ha de permitir a los músicos de jazz o de pop o de punk lo que se censura en los músicos sinfónicos ?. Me gusta Chopin, me gusta Yuja cuando sobrevuela el teclado en los Preludios, me encanta Cavalli y, aunque no soy muy de orientales, considero las minifaldas de lentejuelas y las espaldas desnudas como otro de los atractivos de una experiencia estética.
Yuja acaba de representar a Chopin frente a un estanque con miles de medusas y un auditorio con no tantos oyentes. Vestido largo vaporoso, realmente etéreo y marino, su último peinado a lo “Bob” y esa forma de hacer conseguir el piano súbito… El mismo día, en la misma ciudad, a muy pocos metros yo opté por un concierto con Das Lied von der Erde y salí perdiendo.

Dejadme que parafrasee al Marcello de La Bohème: “Per vendicarmi, ho messo un video”. Y, claro, ahora me diréis que nos os gusta Brahms.

Khatia Buniatishvili – Yuja Wang – Johannes Brahms – Hungarian Dance No. 1 from medici.tv, music with vision on Vimeo.

Una de chinos

Me resulta sorprendente que, en algunas épocas o en algunas temporadas o incluso en ciertos días se acumulen varias experiencias que se refieren a un mismo ambiente, a una misma cultura o a los rastros e influencias que esa cultura ha ido impregnando alrededor.

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Pues no, no es un bosque de bambú, pero a primera vista…

La palabra “chino” se ha convertido en una palabra contenedor que usamos para referirnos a un montón de cosas, personas y geografía que antes agrupábamos  como “orientales”. Pero precisamente el hecho de que dispongamos de esa palabra genérica pone de manifiesto que la influencia de la cultura o los productos de Japón, de China o de cualquier país de los del Sudeste de Asia es más que palpable.
Tenemos restaurantes chinos, tiendas de chinos, películas de chinos y cada vez más personas chinas alrededor. Y eso es fenomenal. Yo, que me siento por eso privilegiado, tengo además “música de chinos”.
Estos días, mi primer encuentro con algo de “ambiente chino” es musical. Tras ensayos a lo largo de un par de meses he colaborado con la banda del CEM en la interpretación de Shanghai. Esta obra es una obertura subtitulada “asiática” para banda sinfónica.  La compuso Oscar Navarro, un músico alicantino que cumple los 35 este año, por encargo del Certamen de Bandas de 2010. La obra muestra oficio, una estructura clara con tres secciones que alternan con ritornellos en el duo de flautas, un excelente colorido instrumental y cierta dificultad en el presto final de las maderas (algunos clarinetistas enrojecen de forma alarmante en esos compases) como corresponde a la obra obligada de un concurso.
Y ahora de China a Japón.
A pesar de eso o quizá precisamente por las reminiscencias orientales que contiene su armonía , mi cabeza estaba en otra música durante los ensayos: en la que Ryuichi Sakamoto compuso en 1983 para la película Feliz Navidad, Mr Lawrence, una película de Nagisa Ôshima que aún hace que se me humedezcan los ojos.
Y de Japón a Vietnam, ya puestos…
Cuando he querido recuperar la delicada pieza inicial, he dudado entre la versión del propio Sakamoto, la de Elena Mattiuzzi, una joven italiana que también la interpreta al piano solo, sin arreglos electrónicos, y la de un mochilero que la utiliza por toda banda sonora en un corto sobre su viaje a Vietnam. Y mira tú por dónde, a pesar de que su video dura menos de tres minutos (la pieza de Sakamoto se acerca a los cinco) sus imágenes son tan atractivas que hasta le han valido a Pedro Saavedra, el mochilero, una propuesta de matrimonio (sí).
Por razones personales Vietnam me toca muy, muy de cerca. Porque soy un sentimental, la película de Lawrence, con su trama y su música japonesas, me toca la fibra. Me alegro de que Oscar Navarro y su música me hayan permitido embobarme otra vez con esos temas.

En fin, os dejo con mi disculpa por no haber escrito estas notas en Viernes y con las imágenes de Pedro Saavedra, que ya debe de haber perecido víctima de la morena…

Vietnam from Pedro J. Saavedra on Vimeo.

La pareja perfecta: el tambor y el tren chú-chú

Lo de la música y el ferrocarril es lo de los novios de siempre o lo del matrimonio de toda la vida, pero con pasión: cuesta imaginar lo uno sin lo otro. Sobre todo después de descubrir que existen más del mil canciones (en inglés) que tratan del tren o se inspiran en él. Será por aquello del traqueteo rítmico, será por las campanadas de las estaciones o por los silbatos de jefes y factores o por el escape de vapor de las locomotoras o vete tú a saber por qué. Por haber, hay hasta páginas web dedicadas precisamente a eso, a glosar las piezas musicales que tienen que ver aunque sea con el metro.

Uno de los temas más populares de la big band de Duke Ellington, casi su carta de presentación, es el  que compuso en 1939  Billy Strayhorn “Take the A train”. Yo me sé de alguien que en unos días quizá viaje en esa línea de metro entre Brooklyn y la parte alta de Manhattan.También sé que la línea S, entre Grand Central y Times Square, es el reino subterráneo de no pocos músicos vocacionales.

Volviendo al tema: uno de los títulos más descarados es  “Chattanooga Choo Choo”, una canción de 1941 que, en versión de Glenn Miller, se mantuvo durante más de dos meses como el disco más vendido en USA. Y con razón: en cuanto se acaba la introducción con el metal imitando los resoplidos y pitidos del tren, a uno se le van algo más de los pies con el ritmazo del tema. Y, a propósito ¿ Qué hace esa buena mujer haciendo punto en la escena mientras las sordinas cup y las wah-wah lo están rompiendo ? ¿ No será otra de tantas esposas-del-director velando porque ninguna extra atraiga en exceso la atención de su hombre ?. Para olvidarla, más vale que rememoremos aquella remota tarde en que un escape de vapor de una locomotora casi consigue que Marilyn, vocalista de una orquesta de señoritas, se rompa un tacón. Fue justo antes del ensayo de la foto.

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El ensayo de Sweet Sue y su banda… en el tren camino de Florida (Con faldas y a lo loco, naturalmente)

The great locomotive chase (La gran persecución en locomotora)

En sus próximos conciertos, la banda del CEM la emprende con otra obra ferroviaria, basada en hechos tan crueles que, mientras a unos les reportó honores y condecoraciones, a otros les supuso una suerte ligeramente diferente.
El 12 de Abril de 1862, exactamente un año después del inicio de la Guerra de Secesión en USA, 22 soldados unionistas (del Norte, para entendernos) a las órdenes de un tal Andrews, un civil explorador y espía a tiempo parcial, se infiltraron tras las líneas enemigas y tomaron la máquina, llamada “The General”,  y el primer vagón de un tren, mientras sus pasajeros y empleados desayunaban en un hotel cercano a las vías. Desventajas de que los vagones restaurante no existieran todavía.
Su idea era causar el máximo destrozo posible en las líneas de ferrocarril que unían Memphis y Chattanooga, para forzar el asedio y captura de esta última ciudad, un nudo de comunicaciones y un punto clave de aprovisionamiento de agua para el ejército confederado (los del Sur, que también debían agua).
Aunque parezca mentira, el maquinista original del tren y sus hombres persiguieron al tren robado usando otras locomotoras (hasta cuatro diferentes) en vagoneta y, que nadie alucine mucho, también a pie. Como los infiltrados paraban de vez en cuando para destruir infraestructuras (el telégrafo, los puentes, las conducciones de agua) y la velocidad media de una locomotora de entonces no llegaba a los 25 km por hora, pues….

Pero no, no los pillaron y el espía Andrews y sus hombres casi ,casi lo consiguen. No llegaron a Chattanooga por falta de combustible, algo que muchos años después se conocería como la situación “¡ Trata de arrancarlo, Carlos, trata de arrancarlo !” a escasos metros de la meta y el campeonato del mundo de rallies. Quien diga que la historia está para no repetirla, apañado va.

Nunca es triste la verdad (lo que no tiene es remedio)

Los infiltrados se desbandaron, pero casi todos fueron capturados. Tras varios consejos de guerra, Andrews y otros siete, declarados culpables de espionaje, fueron ahorcados. Los restantes intentaron escapar y ocho lo consiguieron. Otros seis fueron considerados prisioneros de guerra e intercambiados un año más tarde. Todos los soldados supervivientes recibieron la primera Medalla del Congreso que se concedía, al igual que las familias de los que no habían sobrevivido. Los dos civiles que participaron en la acción, incluyendo al propio Andrews, no pudieron ser condecorados por eso, por ser civiles.
A veces las opciones en esta vida son así de limitadas: que te cuelguen una medalla o que te cuelguen por el cuello.

La locomotora, el cine y la música

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En 1926, el último año del cine mudo, se estrenó “The General”,  la película de Buster Keaton basada en la gran persecución en locomotora que, tras ser considerada un fracaso, es hoy tenida por una de las mejores películas de la historia del cine. Buster Keaton interpretaba al maquinista perseguidor de su querida locomotora y para alcanzarla añadía a la vagoneta, a las otras locomotoras y a sus pies… el velocípedo. Y por supuesto un embrollo amoroso tan liado que consiguió cargarse primero los planes de medio ejército unionista y luego a la otra mitad del propio ejército para recuperar a sus dos amores: su locomotora y una morenita de pelo revuelto. A Buster Keaton (el maquinista Johnnie Gray en la peli) no lo cogieron, por supuesto. Le colgaron… a la morenita.

Robert Smith, es un compositor de Alabama que anda por los 50 y tantos años, autor de más de 700 obras, profesor de música y… (es duro tener que creer esto) miembro de una banda de cornetas y tambores para la que también compone. En 1999 recibió un encargo de la Escuela Intermedia de Tapp (en Georgia, muy al Sur) y se inspiró en la gran persecución en locomotora para componer esa obra breve (147 compases) para banda sinfónica. Es más que probable que, aunque la obra se presentara sin título, el público reconociera igualmente que va de un tren a vapor, de disparos y melodías sureñas. Falta el famoso toque del Séptimo de Caballería cargando, pero eso hubiera sido una invitación a que intervinieran los pieles rojas y casi que los dejamos para otra.
Mientras tocamos, hay quien recuerda con nostalgia el portentoso “Pacific 231” y hasta quien cae en la cuenta de que la Bachiana número 2 de Villa-Lobos se titula “O trenzinho do caipira”, el trenecito del campesino. Ahí va una de las mejores versiones que he visto y escuchado, interpretada por chavales no muy distintos a los músicos, chicas las más, del CEM.

Para casi todas las infancias, la receta de la felicidad ha sido esta: un tren eléctrico, o de hojalata, un pito para anunciar llegadas y salidas y un tambor solo para formar conjunto y dar la tabarra. En cuanto a las chicas, bastante bendición tienen cuando, de mayores, sus maridos desaparecen hipnotizados durante horas por las vueltas y revueltas de sus trenecito. Y, oye ¡ que algunos hasta echan humo !
A quien haya olvidado su infancia y el modernismo ferroviario, le recomendamos que asista al concierto del CEM. Como mínimo saldrá pitando.

Pasadlo bien, alargad el puente, disfrutad de este otoño tan suave y sed buenos con vosotros mismos: escuchad algo de música

Libertango, otro magnífico mestizaje

Quienes siguen estas notas saben de mi afición al híbrido, a la mezcla, a lo que desafía el encasillamiento. Astor (Pantaleón) Piazzolla fue un marplatense criado en Nueva York, echado a la vida en Buenos Aires y ascendido a compositor en Paris. Astor (Pantaleón) Piazzolla, según sus propias palabras, tuvo tres maestros: Nadia Boulanger, Alberto Ginastera y… Buenos Aires. No es de extrañar que su música, esos tangos y milongas enfangados que nacieron en los peores tugurios, se acabara interpretando en los mejores festivales y en las salas de concierto más selectas.
Hay otro contraste divertido relativo a Piazzolla. Algunas afirmaciones sugieren que no tenía abuela; ésta, por ejemplo: “Mi música podrá gustar o no, pero nadie va a negar su elaboración: está bien orquestada, es novedosa, de este final del siglo XX y tiene olor a tango, por eso es tan atractiva en todo el mundo”. Sin embargo, Piazzolla, como todo el mundo, sí tuvo abuela. Y lo curioso es que la buena mujer era originaria de Lucca, el pueblo de la Toscana donde nacieron, entre otros, Boccherini y Puccini.
¿ A que mola ?. Lo de Pantaleón por cierto, le viene de su abuelo.
He vuelto a repasar las memorias que Astor Piazzolla le dictó a su amigo Natalio Gorín dos años antes de morir (en el 92, a los 71 años)
Es un libro divertido y no tan esquemático como las entradas que le dedica Wikipedia
o el relato que figura en su sitio oficial en Internet.

El caso es que desde los 4 a los 16 años Piazzolla vivió en Nueva York, fue expulsado de un par de colegios, aborreció el solfeo y el bandoneón, conoció a Gardel, aprendió a hacer el tuco (la salsa con que acompañar la pasta) a escapar por piernas de la policía y a hablar en inglés mejor que en español.
Y en el 36 o el 37, con gran dolor de su corazón y 17 años, volvió a Argentina para tocar en clubes y tugurios de noche y aprender con Ginastera y la Orquesta del Colón durante el día. También componía y, gracias a un premio por una de sus obras, pudo estudiar durante dos años en Paris con Nadia Boulanger, la pedagoga más importante de la historia de la música. No conozco mucho la figura de Nadia Boulanger pero sé que era experta en decir que no. Me explico: por lo que yo sé, los músicos acudían a ella en busca de orientación para sus carreras y ella, al menos en el caso de Gershwin, de Copland y de Piazzolla, les animó a componer música siguiendo sus orígenes. En el caso de Gershwin, el impulso del ragtime y el jazz de los años 20. En el caso de Piazzolla, el tango, claro. Después de sus años con Boulanger, Piazzolla siguió con el tango, sí, pero lo cambió todo.

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Libertango

Libertango es el título de un disco y también del primera tema que contiene. Piazzolla lo compuso en 1974, mientras se reponía en Milán de un primer infarto, y no es una cualquiera de las más de 1.000 obras (en 182 discos y más de 40 bandas sonoras) que compuso.

Si uno consulta la palabra “libertango” en Youtube obtiene 743.000 grabaciones y en Google 2.740.000 resultados. Libertango es especial porque esta obra mestiza está compuesta con libertad.

Piazzolla empezó a hacer “cosas raras” tras su vuelta de París a Buenos Aires, en 1955. Por ejemplo, formó el Octeto de Buenos Aires, un grupo que se alejaba de la formación habitual en la interpretación de tangos (llamada precisamente “orquesta típica”) y en cuya música aparecían acordes ampliados, larguísimos grupos irregulares o temas fugados. El que incluyera una guitarra eléctrica se consideró blasfemia, pero a mí me recuerda a Paco de Lucía cuando incluyó la tabla en los grupos de flamenco. Por otra parte, varió la rigidez del ritmo habitual del tango clásico: de tres negras y dos corcheas ocupando el compás de cuatro por cuatro a dos negras con puntillo más una negra, haciendo énfasis en el golpe a contratiempo de la segunda negra con puntillo. Ese es precisamente el ritmo de la partitura original que reproduzco, aunque el compás ¡ Sorpresa ! es un 8/8 con los acentos estratégicamente distribuidos. Pocas diferencias en realidad con la versión que circula para banda. En realidad, a pesar del obstinado machacón en la línea del bajo y de la simpleza de la escala descendente, la melodía que la sobrevuelan impregna de ligereza y la libertad a la pieza, y existen versiones memorables de conjuntos muy variados. Puri P ha tenido el detalle de alertarme sobre  una gran interpretación por el conjunto de cellos de la Berliner Philharmonie pero yo me apunto a una versión con bailarina, muy hermosa y con las estridencias del bandoneón suavizadas en el acordeón, su versión menos portátil.

Libertango from baltazar on Vimeo.

Algunas ventajas tienen las obras tan mestizas y maleables.
Como siempre, buen fin de semana.

Orozco desatado: crónica de un concierto de pipas y gaseosa

La música, hasta la música sinfónica, es algo mucho menos serio de lo que parece. Hemos sacralizado los conciertos, les hemos añadido chaqués y lentejuelas negras y corbatas de lazo y reflejos dorados pero la representación musical, como la representación teatral eran otra cosa hasta hace poco. En los foros de The Globe y del Corral se hacía de todo, hasta apuñalar. La Sinfonía en La de Beethoven, la famosa séptima sinfonía, se estrenó en un concierto a beneficio de los heridos en una de las batallas napoleónicas con el patio lleno… de gente en camilla. Era un poco el ambiente de los cines de barrio donde las botellas de gaseosa rodaban por los suelos inclinados hasta que se llenaban de cáscaras de pipas, que las frenaban.
Andrés Orozco Estrada, nacido nada menos que en Medellín, es titular desde 2013 de la hr-Sinfonieorchester, la principal orquesta del estado de Hesse en su capital, Frankfurt. Allí, en la explanada del astillero Weseler, a la altura del precioso puente Flösser sobre el Main, se celebra desde hace 10 años el  Sommerwerft, un festival de teatro y otras artes combinado, cómo no, con feria y pantagruélicas cenas colectivas. Y allí es donde Andrés la montó a mediados de este Agosto pasado.
Lo tenía fácil: música de Arturo Márquez, nada menos que el Danzón número 2, y un público entregado a los pies de una orquesta que sabe transformarse de sinfónica en ligera cuando toca. Y tocaba.

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El preludio de una sonrisa

Se me ha puesto cara de tonto, de tonto feliz, cuando he visto la grabación de esa parte. Y quiero compartir la felicidad (no la tontería) señalando algunos códigos de tiempo de la grabación. Veamos:

00:09 Sobre el plano general de la cena en el muelle y la orquesta en el escenario, la frase del clarinete solista al ritmo de las claves (esos cilindros de madera que se detallan más adelante en 00:57)
00:26 ¡ Nadie puede negar que el segundo clarinete y el contrafagot son alemanes… !
01:14 …Tan alemanes como ese trío de señoras en el público que no las tienen todas consigo, ni saben por dónde les va a salir la música y la cosa empeora cuando la cuerda toma el tema y Andrés comienza a bailar, pero a bailar bailar.
02:00 ¡ Puff ! Al principio del forte, la cara de extrema concentración de dos violistas no preludia nada bueno.
02:17 Dos nenas más interesadas en una guirnalda que en la música y una panorámica por los puestos de la feria (vivan los drones así empleados).
04:05 Esto promete: comienza el solo de violín y las violinistas jóvenes empiezan a mecerse a su ritmo: los músicos están conquistados y hasta la morena de gafas, más alemana imposible, cierra los ojos y apoya los labios en el mástil. Ahora vamos a por la gente.
04:34 Por fin el brillo de algunos ojos y caras sonrientes entre el público. Creo que los hombros empiezan a flexibilizarse. Sí, definitivamente la cadencia del danzón empieza a hacer sus efectos (a la señora de gafas, que no al marido ceñudo que le guarda las espaldas)
05:50 El solo de trompeta y el güiro atacan, se recrudece el ritmo y, claro, hasta los de las hamacas empiezan a marcar el ritmo.
06:46 Y ya la hemos liado: Dos enamorados (ojito de dónde cojes, junge) y una preciosidad sin pendientes son sólo dos muestras de que la cosa ha calado. Es que es oír unas congas y la gente se desata.
07:32 Más de lo mismo con matrimonio entrado (y casi salido) en años. Y eso que falta lo mejor: así como los actores añaden “morcillas” a sus diálogos, Andrés se ha sacado de la manga dos solos (soberbio, muy mexicano el del trompetista) que añade a la parte final de la partitura, un obstinado que crece y crece y crece…
08:55 … y ya, bueno, de perdidos al Main: Andrés empuña el micrófono y trata de arrastrar al público para que palmee el ritmo de la orquesta. Momento de crisis: a la voz de “singen, singen” nadie se pone de acuerdo en cantar  (¡ Ay que caras, por diossss!) así que a continuación pide palmas…
10:00 Y algo consigue: que el público disfrute de todo, también de su propia torpeza.

Fin de la crónica. Y mi reconocimiento hacia un director joven (está a punto de cumplir los 39) que poco a poco está consiguiendo introducir el repertorio latinoamericano en mitad de Europa— literalmente, tras la última ampliación,
el centro geográfico queda a 40 kilómetros de Frankfurt.
Disfrutadlo el fin de semana y  descubrid que los alemanes son mucho más enrollados de lo que os habían contado. Al menos en las noches de Agosto y con música de un mexicano.

Reivindicación de Bill Russo

Hay quienes fatigan corredores, anaqueles, estanterías en busca de libros que no han leído o han olvidado. Yo, como ellos, también he sido un cazador de novedades y, así, en lugar de libros, he merodeado por almacenes y tiendas persiguiendo músicas inauditas en cajones y expositores donde los vinilos y luego los discos compactos se ordenaban por compositores o por intérpretes o por formaciones o por instrumentos.
Era muy montónono recorrer una y otra vez la misma secuencia, ir y venir de Albéniz a Carl Maria von Weber, y vuelta a empezar. Lo que hubiera antes del compositor catalán y después del sajón no lo conocía porque, o no estaba a la venta o no se grababa. También la música está dominada por intereses comerciales y lo desconocido, la verdad, no vende.
Los dedos índice y corazón, bailando como en punta, separando los discos enfundados en plástico sucio como quien separan las páginas de un libro, se empeñaban en encontrar, entre la Suite Iberia y Der Freischütz, una obra no oída de un compositor desconocido. Creo que era como buscar un agujero que conectara el vacío de aquellas tardes de sábado con las de otra vida, más intensa e interesante, con el goce del descubrimiento. Y uno de aquellos días sucedió.

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El cartel anunciador de las celebraciones por el 125 aniversario de Cole Porter, la próxima semana, de la revista Chicago Jazz.

La anomalía se produjo en las últimas letras del catálogo y la secuencia Strauss-Stravinsky-Tchaikovsky-Wagner quedó desde entonces rota con la intromisión de un nuevo nombre, creador además de una obra muy memorable. Después de Tchaikovsky apareció Tcherepnin, Nicolai Tcherepnin, otro de los discípulos de Rimsky, que hizo honor a su maestro como director de la orquesta de los ballets rusos y como compositor.  Tcherepnin, por poner un ejemplo, compuso y representó su ballet Narcisse et Echo en 1911, un año antes de que Ravel presentara su Daphnis et Chloé, que resulta otro prodigio de orquestación y utiliza el coro de voces mudas para crear su atmósfera mítica y mitológica. Algún tiempo más tarde, una nueva anomalía me estremeció: en el hueco de Nicolai Tcherepnin había aparecido también Alexandr, su hijo, autor de una gran originalidad, propia de su época. Pero no quiero hablar de esa saga (tres generaciones de momento) de compositores rusos. Quiero hablar de la letra R.
La letra R es importante en la nómina musical. ¡ De esa cosecha han salido Rachmaninoff, Rameau, Ravel y Revueltas, el director Rozhdestvensky, el pianista Rhodes y el guitarrista Pepe Romero nada menos !. Y, como me pasó en la T, un buen día descubrí en esa letra un par de entrometidos, los dos estadounidenses, los dos excelentes arreglistas y ambos compositores de un registro muy amplio. El primero, a quien debo una nota propia que me comprometo a redactar, fue Robert Russell Bennett, con dobles eses, dobles eles, dobles enes y dobles tes. El segundo es Bill Russo.
Lo encontré por casualidad una tarde de hace demasiado tiempo y no entre los discos como páginas de una tienda de música, sino en mitad de un carrusel que, como en las tiendas de gasolinera, ofrecía musicasetes de clásica. Su nombre no me dijo nada; me atrajo el título de la primera pieza “Street Music”, música callejera, y especialmente la imagen de Seiji Ozawa, que había dirigido las grabaciones de la casete. La cinta incluía una versión de Un americano en París pero esa era pieza más que conocida y recuerdo que fue el vertigo del descubrimiento, de la novedad, lo que hizo que la comprase.
Me resulta curiosísimo y digno de celebración haber descubierto que con el sobrenombre o el apellido Quinoff, un chileno dedicó una entrada a este músico con el título “El blues sinfónico de William Russo”. La publicó el 27 de Mayo de 2010, recorriendo de forma apresurada la biografía del músico y ofreciendo un enlace para descargar la grabación.

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La portada del disco, similar a la de la cinta

No existe y debería existir un artículo en la edición de la Wikipedia en español dedicada a William (Joseph) Russo. El resumen de Quinoff se puede completar con el correspondiente en la edición en inglés pero yo propongo que se vaya de la música al compositor y no al contrario, que los curiosos escuchen su obra y luego, si acaso, se interesen por su biografía.

La Música Callejera se inicia con un glissando de la armónica de Corky Siegel que a veces es maullido y a veces sirena en un paisaje urbano y nocturno. Después viene el piano (también lo toca Corky) y la atmósfera de un garito de Chicago, animada primero, reflexiva y quizá nostálgica luego, como esperando a que se disipe el humo después del cierre. El final es una locura donde corren serio riesgo los pulmones del solista, que parece desmayarse en los últimos alientos al final.
Esta obra lleva fecha de composición de 1975 mientras que las Tres Piezas para blues band y orquesta sinfónica son de 1969 con reedición de 1972. Los detalles no importan mucho. Que Bill Russo comenzara como miembro (trombonista) y arreglista de la Orquesta de Stan Kenton y acabara como profesor del Columbia College Music de Chicago y como autor de cuatro libros sobre composición para orquesta de jazz, sólo interesará a los entendidos. Lo que a mí, que me gusta mezclarlo todo, y a vosotros, que a veces me leéis ha de interesar es justamente la introducción en el ámbito sonoro de la orquesta romántica de elementos jazzísticos, que varían ritmos, motivos y timbres y la dotan de una vibración muy estimulante. Y a la recíproca, que sus composiciones y arreglos para big band empleen estructuras propias de la música que se llama clásica y recursos tan contemporáneos como politonalidad y poliritmia. En uno de los obituarios que le dedicaron (en 2003) se referían a él como el “creador del híbrido jazz/clásica” y no andaban desencaminados, me parece a mí. He escuchado trabajos modernos de los alumnos de la escuela que he mencionado y mis oídos los agradecen mucho. De verdad que los del Jazz Fusion Ensemble impresionan. En su sonido creo reconocer el eco de los impresionantes arreglos de los años 50 para Kenton y la fuerza de las partes para metal.He conocido otros grandes ‘liantes’, mezcladores de las formas y los motivos de las dos grandes tradiciones musicales occidentales. Stravinsky fue uno de los primeros, en tiempos de Gershwin, Milhaud y Honneger. También Takashi Yoshimatsu, ese maravilloso obseso. Pero todos ellos han sido mucho más y mejor reconocidos que Bill Russo.
Por favor, que alguien inaugure una página en la edición en español de Wikipedia sobre ese buen compositor y sus obras.

Palabras, las justas

 

paisagem

 

Andaba yo desencaminado preparando una nota sobre Bill Russo, el gran e híbrido compositor de Chicago, cuando he caído en la cuenta de que esta semana es la primera semana laboral de la temporada para casi todos. He pensado entonces que nadie está para rollos (lo de Russo pasaba de 1000 palabras) y sí para bálsamos.

Es sabida mi afición a la coincidencia, la chiripa, la serendipia.
Toda la vida creyendo que “Spalding” era una marca deportiva y de repente ¡ zas ! me descubren a Esperanza Spalding, magnífica al bajo eléctrico o, como ahora, al contrabajo. Y además, en un duo con Gretchen Parlato y sus agudos y sus manos. Y cantan a Jobim y, de Jobim, una de las canciones con el poema más breve y más tristemente hermoso.

 

ESPERANZA SPALDING “Inútil Paisagem” (live) from Steve Lippman/FLIP on Vimeo.
Mmmmm pues eso. Palabras, las justas. Estas de la letra original que Esmeralda musita al final del video y que al principio ha cantado Gretchen en traducción (muy bonita, por cierto) al inglés:

Mas pra que?
Pra que tanto céu?
Pra que tanto mar? Pra que?
De que serve esta onda que quebra?
E o vento da tarde? De que serve a tarde?
Inútil paisagem
Pode ser que nao venhas mais;
Que nao venhas nunca mais…
De que servem as flôres que nascem pelos caminhos?
Se meu caminho sozinho é nada…

El poema es de Aloysio de Oliveira y, como con tantos buenos poemas, ahora es vuestro.
Hala, a cerrar los ojos y tratarse el dolor de espalda o de lo que sea.