Bellas durmientes y cadáveres excelentes

En 2004, Anthony F. J. van Raan llamó bellas durmientes a las publicaciones científicas que, tras largo tiempo desapercibidas, atraen de repente una gran atención. A pesar de que está jubilado, ha insistido hace poco en la misma metáfora, esta vez para referirse a “invenciones olvidadas”. En fin, estos olvidos han ocurrido desde antiguo, en ciencia y casi todos los demás ámbitos. El propio van Raan cita el caso del trabajo donde Gregor Mendel formuló en 1865 sus dos primeras leyes, y que permaneció ignorado durante más de treinta años. También Johann Sebastian Bach dejó de interesar casi del todo tras su muerte en 1750… hasta que una biografía en 1802 y, sobre todo, la representación de una de sus pasiones, que Mendelssohn organizó en 1829, contribuyeron a recuperar su obra para el gran público. Continuamente se producen “milagrosas recuperaciones” o hallazgos de obras literarias: lo de “Rien où poser sa tête” no es nada comparado con lo que se halló en el armario de Mario Lacruz.

dancingoctopus

La danza del pulpo (una imagen de Gabriel Barathieu tomada en la costa este de Africa). ¿ Alguien esperaba de mí otra imagen diferente ?

En ocasiones, sin embargo, no hay beso que despierte a los yacentes y así, trabajos científicos importantes, algunos de relevancia histórica, duermen sin remedio un coma de grado 3 o un casi definitivo sueño de los justos. Creo que está bien parafrasear el título de la película de Francesco Rosi (1976) y llamar a estos trabajos “Cadaveri eccellenti”  ¡ como si de una serie de magistrados tiroteados se tratara !

Menciono todo esto porque hace poco, mientras visualizaba la red de citas de la investigación del Ebola, me topé con un ejemplo no sé si bueno o malo, pero bonito: el trabajo de Stefaan Pattyn, Wim Jacob, Guido van der Groen, Peter Piot y un médico zaireño de apellido Courteille (que aparece mencionado bien con la inicial G o con el nombre Jacques). Este es el primer trabajo donde se achaca la enfermedad y muerte de una mujer de 42 años a “el virus de Marburg o un virus serológicamente diferente pero perteneciente al mismo grupo”. Es la primera descripción de lo que hoy se denomina enfermedad por el virus Ebola, detectada  en Yambuku (República Democrática del Congo, antes Zaire), en el verano de 1976. La noticia de este caso alertó a las autortidades sanitarias (las de los paquetes de cigarrillos no, otras) que reexaminaron un brote ocurrido tres meses antes en Maridi (Sudán del Sur) e identificaron el mismo agente causal.
No sé si las coincidencias significan algo pero se agolpan estos días: además de mi trabajo sobre la red de citas, tres compañeros de la Universidad del País Vasco en San Sebastián acaban de estudiar el contraste entre el tratamiento del Ebola en la prensa y en  la red Twiter. Por otra parte, me he topado con otro artículo (uno de los peores que he leído) que tardó un año en ser aceptado por la revista BMC Research Notes y que me niego a enlazar. En este último se realiza un análisis descriptivo de 2477 trabajos de investigación sobre la enfermedad publicados entre 1977 y 2014. Los resultados de este análisis revelan que el primer trabajo sobre la enfermedad por el virus de Ebola, el de Pattyn y su grupo, no es uno de los trabajos más citados. Esto es llamativo, pero no es sorprendente.
La última de las coincidencias es desgraciada y a punto ha estado de hacerme variar el título de esta nota. Eugene Garfield ha muerto el 26 de Febrero, justo mientras yo estaba examinando uno de sus trabajos clásicos, aquel en que enumera 15 motivos para citar una trabajo científico; el primero de ellos es “rendir homenaje a los adelantados (pioneros)”.  Y entramos de lleno en el meollo de la cuestión: si uno no anda espabilado (y los sistemas automáticos no lo son en absoluto) se puede olvidar el primer trabajo sobre el virus del Ebola al recopilar los trabajos sobre esta enfermedad por la sencilla razón de que ni su título ni su texto contienen referencia alguna al río que dio nombre a la enfermedad y su agente. De hecho, ninguno de los tres primeros trabajos emplean el término “Ebola” y las controversias sobre el descubrimiento no han cesado desde entonces. Tampoco el panfleto sobre la enfermedad divulgado por la Organización Mundial de la Salud se refiere a esa primera comunicación. Por suerte, la magnífica revisión de Joel Breman y sus colaboradores reconstruye con detalle los acontecimientos de aquel lejano verano del 76 y reconoce el esfuerzo del equipo que desde Kinshasa (Clinique Ngaliema) a Amberes (ITM) y luego a Porton Down (Microbiological Research Establishmen) y Atlanta (CDC) contribuyó al descubrimiento de tan terrible infección.

Cuántos excelentes descubrimientos muertos y enterrados por la dejadez y la falta de motivación. No dejéis que os pase. ¡¡¡ Sobre todo si trazáis redes de citas científicas !!!

Africa, tan hermosa, es tierra a la que solemos dedicar nuestra ignorancia y nuestros olvidos. A las dos cosas se opone el conocimiento y yo, homenajeando a algunos de aquellos que lo han hecho posible, me rebelo contra ellas. Mi ejemplo musical es hoy un homenaje a Africa y un tributo a Eugene Garfield, a quien debo ganarme la vida con un trabajo tan apasionante como el que realizo.

Un duo de koras del gran intérprete Toumani Diabaté. A disfrutarlo.

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One thought on “Bellas durmientes y cadáveres excelentes

  1. Pingback: Otra muestra de casquería científica: las citas como longanizas (y cómo evitarlas) | Undertakings, studies, and labours

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