Reivindicación de Bill Russo

Hay quienes fatigan corredores, anaqueles, estanterías en busca de libros que no han leído o han olvidado. Yo, como ellos, también he sido un cazador de novedades y, así, en lugar de libros, he merodeado por almacenes y tiendas persiguiendo músicas inauditas en cajones y expositores donde los vinilos y luego los discos compactos se ordenaban por compositores o por intérpretes o por formaciones o por instrumentos.
Era muy montónono recorrer una y otra vez la misma secuencia, ir y venir de Albéniz a Carl Maria von Weber, y vuelta a empezar. Lo que hubiera antes del compositor catalán y después del sajón no lo conocía porque, o no estaba a la venta o no se grababa. También la música está dominada por intereses comerciales y lo desconocido, la verdad, no vende.
Los dedos índice y corazón, bailando como en punta, separando los discos enfundados en plástico sucio como quien separan las páginas de un libro, se empeñaban en encontrar, entre la Suite Iberia y Der Freischütz, una obra no oída de un compositor desconocido. Creo que era como buscar un agujero que conectara el vacío de aquellas tardes de sábado con las de otra vida, más intensa e interesante, con el goce del descubrimiento. Y uno de aquellos días sucedió.

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El cartel anunciador de las celebraciones por el 125 aniversario de Cole Porter, la próxima semana, de la revista Chicago Jazz.

La anomalía se produjo en las últimas letras del catálogo y la secuencia Strauss-Stravinsky-Tchaikovsky-Wagner quedó desde entonces rota con la intromisión de un nuevo nombre, creador además de una obra muy memorable. Después de Tchaikovsky apareció Tcherepnin, Nicolai Tcherepnin, otro de los discípulos de Rimsky, que hizo honor a su maestro como director de la orquesta de los ballets rusos y como compositor.  Tcherepnin, por poner un ejemplo, compuso y representó su ballet Narcisse et Echo en 1911, un año antes de que Ravel presentara su Daphnis et Chloé, que resulta otro prodigio de orquestación y utiliza el coro de voces mudas para crear su atmósfera mítica y mitológica. Algún tiempo más tarde, una nueva anomalía me estremeció: en el hueco de Nicolai Tcherepnin había aparecido también Alexandr, su hijo, autor de una gran originalidad, propia de su época. Pero no quiero hablar de esa saga (tres generaciones de momento) de compositores rusos. Quiero hablar de la letra R.
La letra R es importante en la nómina musical. ¡ De esa cosecha han salido Rachmaninoff, Rameau, Ravel y Revueltas, el director Rozhdestvensky, el pianista Rhodes y el guitarrista Pepe Romero nada menos !. Y, como me pasó en la T, un buen día descubrí en esa letra un par de entrometidos, los dos estadounidenses, los dos excelentes arreglistas y ambos compositores de un registro muy amplio. El primero, a quien debo una nota propia que me comprometo a redactar, fue Robert Russell Bennett, con dobles eses, dobles eles, dobles enes y dobles tes. El segundo es Bill Russo.
Lo encontré por casualidad una tarde de hace demasiado tiempo y no entre los discos como páginas de una tienda de música, sino en mitad de un carrusel que, como en las tiendas de gasolinera, ofrecía musicasetes de clásica. Su nombre no me dijo nada; me atrajo el título de la primera pieza “Street Music”, música callejera, y especialmente la imagen de Seiji Ozawa, que había dirigido las grabaciones de la casete. La cinta incluía una versión de Un americano en París pero esa era pieza más que conocida y recuerdo que fue el vertigo del descubrimiento, de la novedad, lo que hizo que la comprase.
Me resulta curiosísimo y digno de celebración haber descubierto que con el sobrenombre o el apellido Quinoff, un chileno dedicó una entrada a este músico con el título “El blues sinfónico de William Russo”. La publicó el 27 de Mayo de 2010, recorriendo de forma apresurada la biografía del músico y ofreciendo un enlace para descargar la grabación.

russo

La portada del disco, similar a la de la cinta

No existe y debería existir un artículo en la edición de la Wikipedia en español dedicada a William (Joseph) Russo. El resumen de Quinoff se puede completar con el correspondiente en la edición en inglés pero yo propongo que se vaya de la música al compositor y no al contrario, que los curiosos escuchen su obra y luego, si acaso, se interesen por su biografía.

La Música Callejera se inicia con un glissando de la armónica de Corky Siegel que a veces es maullido y a veces sirena en un paisaje urbano y nocturno. Después viene el piano (también lo toca Corky) y la atmósfera de un garito de Chicago, animada primero, reflexiva y quizá nostálgica luego, como esperando a que se disipe el humo después del cierre. El final es una locura donde corren serio riesgo los pulmones del solista, que parece desmayarse en los últimos alientos al final.
Esta obra lleva fecha de composición de 1975 mientras que las Tres Piezas para blues band y orquesta sinfónica son de 1969 con reedición de 1972. Los detalles no importan mucho. Que Bill Russo comenzara como miembro (trombonista) y arreglista de la Orquesta de Stan Kenton y acabara como profesor del Columbia College Music de Chicago y como autor de cuatro libros sobre composición para orquesta de jazz, sólo interesará a los entendidos. Lo que a mí, que me gusta mezclarlo todo, y a vosotros, que a veces me leéis ha de interesar es justamente la introducción en el ámbito sonoro de la orquesta romántica de elementos jazzísticos, que varían ritmos, motivos y timbres y la dotan de una vibración muy estimulante. Y a la recíproca, que sus composiciones y arreglos para big band empleen estructuras propias de la música que se llama clásica y recursos tan contemporáneos como politonalidad y poliritmia. En uno de los obituarios que le dedicaron (en 2003) se referían a él como el “creador del híbrido jazz/clásica” y no andaban desencaminados, me parece a mí. He escuchado trabajos modernos de los alumnos de la escuela que he mencionado y mis oídos los agradecen mucho. De verdad que los del Jazz Fusion Ensemble impresionan. En su sonido creo reconocer el eco de los impresionantes arreglos de los años 50 para Kenton y la fuerza de las partes para metal.He conocido otros grandes ‘liantes’, mezcladores de las formas y los motivos de las dos grandes tradiciones musicales occidentales. Stravinsky fue uno de los primeros, en tiempos de Gershwin, Milhaud y Honneger. También Takashi Yoshimatsu, ese maravilloso obseso. Pero todos ellos han sido mucho más y mejor reconocidos que Bill Russo.
Por favor, que alguien inaugure una página en la edición en español de Wikipedia sobre ese buen compositor y sus obras.

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