Libertango, otro magnífico mestizaje

Quienes siguen estas notas saben de mi afición al híbrido, a la mezcla, a lo que desafía el encasillamiento. Astor (Pantaleón) Piazzolla fue un marplatense criado en Nueva York, echado a la vida en Buenos Aires y ascendido a compositor en Paris. Astor (Pantaleón) Piazzolla, según sus propias palabras, tuvo tres maestros: Nadia Boulanger, Alberto Ginastera y… Buenos Aires. No es de extrañar que su música, esos tangos y milongas enfangados que nacieron en los peores tugurios, se acabara interpretando en los mejores festivales y en las salas de concierto más selectas.
Hay otro contraste divertido relativo a Piazzolla. Algunas afirmaciones sugieren que no tenía abuela; ésta, por ejemplo: “Mi música podrá gustar o no, pero nadie va a negar su elaboración: está bien orquestada, es novedosa, de este final del siglo XX y tiene olor a tango, por eso es tan atractiva en todo el mundo”. Sin embargo, Piazzolla, como todo el mundo, sí tuvo abuela. Y lo curioso es que la buena mujer era originaria de Lucca, el pueblo de la Toscana donde nacieron, entre otros, Boccherini y Puccini.
¿ A que mola ?. Lo de Pantaleón por cierto, le viene de su abuelo.
He vuelto a repasar las memorias que Astor Piazzolla le dictó a su amigo Natalio Gorín dos años antes de morir (en el 92, a los 71 años)
Es un libro divertido y no tan esquemático como las entradas que le dedica Wikipedia
o el relato que figura en su sitio oficial en Internet.

El caso es que desde los 4 a los 16 años Piazzolla vivió en Nueva York, fue expulsado de un par de colegios, aborreció el solfeo y el bandoneón, conoció a Gardel, aprendió a hacer el tuco (la salsa con que acompañar la pasta) a escapar por piernas de la policía y a hablar en inglés mejor que en español.
Y en el 36 o el 37, con gran dolor de su corazón y 17 años, volvió a Argentina para tocar en clubes y tugurios de noche y aprender con Ginastera y la Orquesta del Colón durante el día. También componía y, gracias a un premio por una de sus obras, pudo estudiar durante dos años en Paris con Nadia Boulanger, la pedagoga más importante de la historia de la música. No conozco mucho la figura de Nadia Boulanger pero sé que era experta en decir que no. Me explico: por lo que yo sé, los músicos acudían a ella en busca de orientación para sus carreras y ella, al menos en el caso de Gershwin, de Copland y de Piazzolla, les animó a componer música siguiendo sus orígenes. En el caso de Gershwin, el impulso del ragtime y el jazz de los años 20. En el caso de Piazzolla, el tango, claro. Después de sus años con Boulanger, Piazzolla siguió con el tango, sí, pero lo cambió todo.

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Libertango

Libertango es el título de un disco y también del primera tema que contiene. Piazzolla lo compuso en 1974, mientras se reponía en Milán de un primer infarto, y no es una cualquiera de las más de 1.000 obras (en 182 discos y más de 40 bandas sonoras) que compuso.

Si uno consulta la palabra “libertango” en Youtube obtiene 743.000 grabaciones y en Google 2.740.000 resultados. Libertango es especial porque esta obra mestiza está compuesta con libertad.

Piazzolla empezó a hacer “cosas raras” tras su vuelta de París a Buenos Aires, en 1955. Por ejemplo, formó el Octeto de Buenos Aires, un grupo que se alejaba de la formación habitual en la interpretación de tangos (llamada precisamente “orquesta típica”) y en cuya música aparecían acordes ampliados, larguísimos grupos irregulares o temas fugados. El que incluyera una guitarra eléctrica se consideró blasfemia, pero a mí me recuerda a Paco de Lucía cuando incluyó la tabla en los grupos de flamenco. Por otra parte, varió la rigidez del ritmo habitual del tango clásico: de tres negras y dos corcheas ocupando el compás de cuatro por cuatro a dos negras con puntillo más una negra, haciendo énfasis en el golpe a contratiempo de la segunda negra con puntillo. Ese es precisamente el ritmo de la partitura original que reproduzco, aunque el compás ¡ Sorpresa ! es un 8/8 con los acentos estratégicamente distribuidos. Pocas diferencias en realidad con la versión que circula para banda. En realidad, a pesar del obstinado machacón en la línea del bajo y de la simpleza de la escala descendente, la melodía que la sobrevuelan impregna de ligereza y la libertad a la pieza, y existen versiones memorables de conjuntos muy variados. Puri P ha tenido el detalle de alertarme sobre  una gran interpretación por el conjunto de cellos de la Berliner Philharmonie pero yo me apunto a una versión con bailarina, muy hermosa y con las estridencias del bandoneón suavizadas en el acordeón, su versión menos portátil.

Libertango from baltazar on Vimeo.

Algunas ventajas tienen las obras tan mestizas y maleables.
Como siempre, buen fin de semana.

Orozco desatado: crónica de un concierto de pipas y gaseosa

La música, hasta la música sinfónica, es algo mucho menos serio de lo que parece. Hemos sacralizado los conciertos, les hemos añadido chaqués y lentejuelas negras y corbatas de lazo y reflejos dorados pero la representación musical, como la representación teatral eran otra cosa hasta hace poco. En los foros de The Globe y del Corral se hacía de todo, hasta apuñalar. La Sinfonía en La de Beethoven, la famosa séptima sinfonía, se estrenó en un concierto a beneficio de los heridos en una de las batallas napoleónicas con el patio lleno… de gente en camilla. Era un poco el ambiente de los cines de barrio donde las botellas de gaseosa rodaban por los suelos inclinados hasta que se llenaban de cáscaras de pipas, que las frenaban.
Andrés Orozco Estrada, nacido nada menos que en Medellín, es titular desde 2013 de la hr-Sinfonieorchester, la principal orquesta del estado de Hesse en su capital, Frankfurt. Allí, en la explanada del astillero Weseler, a la altura del precioso puente Flösser sobre el Main, se celebra desde hace 10 años el  Sommerwerft, un festival de teatro y otras artes combinado, cómo no, con feria y pantagruélicas cenas colectivas. Y allí es donde Andrés la montó a mediados de este Agosto pasado.
Lo tenía fácil: música de Arturo Márquez, nada menos que el Danzón número 2, y un público entregado a los pies de una orquesta que sabe transformarse de sinfónica en ligera cuando toca. Y tocaba.

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El preludio de una sonrisa

Se me ha puesto cara de tonto, de tonto feliz, cuando he visto la grabación de esa parte. Y quiero compartir la felicidad (no la tontería) señalando algunos códigos de tiempo de la grabación. Veamos:

00:09 Sobre el plano general de la cena en el muelle y la orquesta en el escenario, la frase del clarinete solista al ritmo de las claves (esos cilindros de madera que se detallan más adelante en 00:57)
00:26 ¡ Nadie puede negar que el segundo clarinete y el contrafagot son alemanes… !
01:14 …Tan alemanes como ese trío de señoras en el público que no las tienen todas consigo, ni saben por dónde les va a salir la música y la cosa empeora cuando la cuerda toma el tema y Andrés comienza a bailar, pero a bailar bailar.
02:00 ¡ Puff ! Al principio del forte, la cara de extrema concentración de dos violistas no preludia nada bueno.
02:17 Dos nenas más interesadas en una guirnalda que en la música y una panorámica por los puestos de la feria (vivan los drones así empleados).
04:05 Esto promete: comienza el solo de violín y las violinistas jóvenes empiezan a mecerse a su ritmo: los músicos están conquistados y hasta la morena de gafas, más alemana imposible, cierra los ojos y apoya los labios en el mástil. Ahora vamos a por la gente.
04:34 Por fin el brillo de algunos ojos y caras sonrientes entre el público. Creo que los hombros empiezan a flexibilizarse. Sí, definitivamente la cadencia del danzón empieza a hacer sus efectos (a la señora de gafas, que no al marido ceñudo que le guarda las espaldas)
05:50 El solo de trompeta y el güiro atacan, se recrudece el ritmo y, claro, hasta los de las hamacas empiezan a marcar el ritmo.
06:46 Y ya la hemos liado: Dos enamorados (ojito de dónde cojes, junge) y una preciosidad sin pendientes son sólo dos muestras de que la cosa ha calado. Es que es oír unas congas y la gente se desata.
07:32 Más de lo mismo con matrimonio entrado (y casi salido) en años. Y eso que falta lo mejor: así como los actores añaden “morcillas” a sus diálogos, Andrés se ha sacado de la manga dos solos (soberbio, muy mexicano el del trompetista) que añade a la parte final de la partitura, un obstinado que crece y crece y crece…
08:55 … y ya, bueno, de perdidos al Main: Andrés empuña el micrófono y trata de arrastrar al público para que palmee el ritmo de la orquesta. Momento de crisis: a la voz de “singen, singen” nadie se pone de acuerdo en cantar  (¡ Ay que caras, por diossss!) así que a continuación pide palmas…
10:00 Y algo consigue: que el público disfrute de todo, también de su propia torpeza.

Fin de la crónica. Y mi reconocimiento hacia un director joven (está a punto de cumplir los 39) que poco a poco está consiguiendo introducir el repertorio latinoamericano en mitad de Europa— literalmente, tras la última ampliación,
el centro geográfico queda a 40 kilómetros de Frankfurt.
Disfrutadlo el fin de semana y  descubrid que los alemanes son mucho más enrollados de lo que os habían contado. Al menos en las noches de Agosto y con música de un mexicano.

Reivindicación de Bill Russo

Hay quienes fatigan corredores, anaqueles, estanterías en busca de libros que no han leído o han olvidado. Yo, como ellos, también he sido un cazador de novedades y, así, en lugar de libros, he merodeado por almacenes y tiendas persiguiendo músicas inauditas en cajones y expositores donde los vinilos y luego los discos compactos se ordenaban por compositores o por intérpretes o por formaciones o por instrumentos.
Era muy montónono recorrer una y otra vez la misma secuencia, ir y venir de Albéniz a Carl Maria von Weber, y vuelta a empezar. Lo que hubiera antes del compositor catalán y después del sajón no lo conocía porque, o no estaba a la venta o no se grababa. También la música está dominada por intereses comerciales y lo desconocido, la verdad, no vende.
Los dedos índice y corazón, bailando como en punta, separando los discos enfundados en plástico sucio como quien separan las páginas de un libro, se empeñaban en encontrar, entre la Suite Iberia y Der Freischütz, una obra no oída de un compositor desconocido. Creo que era como buscar un agujero que conectara el vacío de aquellas tardes de sábado con las de otra vida, más intensa e interesante, con el goce del descubrimiento. Y uno de aquellos días sucedió.

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El cartel anunciador de las celebraciones por el 125 aniversario de Cole Porter, la próxima semana, de la revista Chicago Jazz.

La anomalía se produjo en las últimas letras del catálogo y la secuencia Strauss-Stravinsky-Tchaikovsky-Wagner quedó desde entonces rota con la intromisión de un nuevo nombre, creador además de una obra muy memorable. Después de Tchaikovsky apareció Tcherepnin, Nicolai Tcherepnin, otro de los discípulos de Rimsky, que hizo honor a su maestro como director de la orquesta de los ballets rusos y como compositor.  Tcherepnin, por poner un ejemplo, compuso y representó su ballet Narcisse et Echo en 1911, un año antes de que Ravel presentara su Daphnis et Chloé, que resulta otro prodigio de orquestación y utiliza el coro de voces mudas para crear su atmósfera mítica y mitológica. Algún tiempo más tarde, una nueva anomalía me estremeció: en el hueco de Nicolai Tcherepnin había aparecido también Alexandr, su hijo, autor de una gran originalidad, propia de su época. Pero no quiero hablar de esa saga (tres generaciones de momento) de compositores rusos. Quiero hablar de la letra R.
La letra R es importante en la nómina musical. ¡ De esa cosecha han salido Rachmaninoff, Rameau, Ravel y Revueltas, el director Rozhdestvensky, el pianista Rhodes y el guitarrista Pepe Romero nada menos !. Y, como me pasó en la T, un buen día descubrí en esa letra un par de entrometidos, los dos estadounidenses, los dos excelentes arreglistas y ambos compositores de un registro muy amplio. El primero, a quien debo una nota propia que me comprometo a redactar, fue Robert Russell Bennett, con dobles eses, dobles eles, dobles enes y dobles tes. El segundo es Bill Russo.
Lo encontré por casualidad una tarde de hace demasiado tiempo y no entre los discos como páginas de una tienda de música, sino en mitad de un carrusel que, como en las tiendas de gasolinera, ofrecía musicasetes de clásica. Su nombre no me dijo nada; me atrajo el título de la primera pieza “Street Music”, música callejera, y especialmente la imagen de Seiji Ozawa, que había dirigido las grabaciones de la casete. La cinta incluía una versión de Un americano en París pero esa era pieza más que conocida y recuerdo que fue el vertigo del descubrimiento, de la novedad, lo que hizo que la comprase.
Me resulta curiosísimo y digno de celebración haber descubierto que con el sobrenombre o el apellido Quinoff, un chileno dedicó una entrada a este músico con el título “El blues sinfónico de William Russo”. La publicó el 27 de Mayo de 2010, recorriendo de forma apresurada la biografía del músico y ofreciendo un enlace para descargar la grabación.

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La portada del disco, similar a la de la cinta

No existe y debería existir un artículo en la edición de la Wikipedia en español dedicada a William (Joseph) Russo. El resumen de Quinoff se puede completar con el correspondiente en la edición en inglés pero yo propongo que se vaya de la música al compositor y no al contrario, que los curiosos escuchen su obra y luego, si acaso, se interesen por su biografía.

La Música Callejera se inicia con un glissando de la armónica de Corky Siegel que a veces es maullido y a veces sirena en un paisaje urbano y nocturno. Después viene el piano (también lo toca Corky) y la atmósfera de un garito de Chicago, animada primero, reflexiva y quizá nostálgica luego, como esperando a que se disipe el humo después del cierre. El final es una locura donde corren serio riesgo los pulmones del solista, que parece desmayarse en los últimos alientos al final.
Esta obra lleva fecha de composición de 1975 mientras que las Tres Piezas para blues band y orquesta sinfónica son de 1969 con reedición de 1972. Los detalles no importan mucho. Que Bill Russo comenzara como miembro (trombonista) y arreglista de la Orquesta de Stan Kenton y acabara como profesor del Columbia College Music de Chicago y como autor de cuatro libros sobre composición para orquesta de jazz, sólo interesará a los entendidos. Lo que a mí, que me gusta mezclarlo todo, y a vosotros, que a veces me leéis ha de interesar es justamente la introducción en el ámbito sonoro de la orquesta romántica de elementos jazzísticos, que varían ritmos, motivos y timbres y la dotan de una vibración muy estimulante. Y a la recíproca, que sus composiciones y arreglos para big band empleen estructuras propias de la música que se llama clásica y recursos tan contemporáneos como politonalidad y poliritmia. En uno de los obituarios que le dedicaron (en 2003) se referían a él como el “creador del híbrido jazz/clásica” y no andaban desencaminados, me parece a mí. He escuchado trabajos modernos de los alumnos de la escuela que he mencionado y mis oídos los agradecen mucho. De verdad que los del Jazz Fusion Ensemble impresionan. En su sonido creo reconocer el eco de los impresionantes arreglos de los años 50 para Kenton y la fuerza de las partes para metal.He conocido otros grandes ‘liantes’, mezcladores de las formas y los motivos de las dos grandes tradiciones musicales occidentales. Stravinsky fue uno de los primeros, en tiempos de Gershwin, Milhaud y Honneger. También Takashi Yoshimatsu, ese maravilloso obseso. Pero todos ellos han sido mucho más y mejor reconocidos que Bill Russo.
Por favor, que alguien inaugure una página en la edición en español de Wikipedia sobre ese buen compositor y sus obras.

Fragmentos de bestiario

Reconozco mi ingenuidad, aliada natural de mi incapacidad para sacar provecho de la experiencia. Lo de no aprender nunca y lo de tropezar con la misma piedra han sido cualidades que me han acompañado un tiempo demasiado largo.
Durante la mayor parte de ese tiempo he pensado que combinar palabras para crear un nuevo vocablo era cosa del alemán, la lengua donde es posible encontrar maravillas como rollstuhlbasketballerinnen. También la forma en que el inglés apila monosílabos o fragmentos de palabras y hasta siglas para crear neologismos me ha admirado siempre. Creo que en muchos idiomas orientales lo que se combinan son sonidos que representan nuevas ideas.

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Colocada a demasiada altura, pero igualmente emocionante.

Como la terminología médica fue una de mis debilidades, pensé que palabros como ortopantomografía o esternocleidomastoideo agotaban las posibilidades en nuestra lengua. Hasta que una especie de concurso donde se pedía a la gente que propusiera la palabra española más bella, me hizo volver el pensamiento hacia nuestro lenguaje común y encontrar, junto a muchas otras, palabras como aspavientos o tragaldabas, riquísimas en contenido, en poder plástico, casi tan rotundas como mariliendres, que aún anda esperando al académico que la fije en el diccionario.
Y luego está despecho. Una palabras simple, casi vulgar si no fuera porque es engañosa; no se trata de una de tantas combinaciones que hacen uso del prefijo negativo des-. Sólo cuando pecho significa teta, despechar es destetar. Pero yo me refiero a la primera acepción, donde no es la ortografía, sino la definición la que contiene una disyuntiva que resulta en un doble significado o un significado doble. Veamos, despecho es:

“Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”

Preciosa definición ¿ no ?. Entre sus méritos destaca en que contiene otra palabra que me maravilla: malquerencia, casi un oxímoron, si ‘querer’ se interpretara siempre en sentido positivo. Ojalá pudiera saber quien fue su autor. No descarto un vistazo a los cajetines que atesoran nuestra lexicografía la próxima vez que ronde los Jerónimos. Pero ahora lo que toca es reconocerme despechado y, de las dos especies de despecho, afectado por la segunda, la que se refiere a los “empeños de la vanidad”. Esta es mi confesión: mi corazón está incólume, he reemplazado los deseos que dejaron de satisfacerse y me siento tranquilo. Pero aún no he reparado mi orgullo. Y me resulta humillante y me duele no poder desprenderme del recuerdo de alguien con la misma rapidez que me desprendí de la presencia de ese mismo alguien.
No tengo más remedio que comportarme con vulgaridad y conjurar de mala manera a esa mala bestia de mi biografía. Hoy, mediado el mes de Septiembre, es un día magnífico para brindar ante una pinta de Martin’s “Get the fuck out of my mind, you miserable. To your demean and miscarriage !” sonreír y sorber con lentitud.

Palabras, las justas

 

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Andaba yo desencaminado preparando una nota sobre Bill Russo, el gran e híbrido compositor de Chicago, cuando he caído en la cuenta de que esta semana es la primera semana laboral de la temporada para casi todos. He pensado entonces que nadie está para rollos (lo de Russo pasaba de 1000 palabras) y sí para bálsamos.

Es sabida mi afición a la coincidencia, la chiripa, la serendipia.
Toda la vida creyendo que “Spalding” era una marca deportiva y de repente ¡ zas ! me descubren a Esperanza Spalding, magnífica al bajo eléctrico o, como ahora, al contrabajo. Y además, en un duo con Gretchen Parlato y sus agudos y sus manos. Y cantan a Jobim y, de Jobim, una de las canciones con el poema más breve y más tristemente hermoso.

 

ESPERANZA SPALDING “Inútil Paisagem” (live) from Steve Lippman/FLIP on Vimeo.
Mmmmm pues eso. Palabras, las justas. Estas de la letra original que Esmeralda musita al final del video y que al principio ha cantado Gretchen en traducción (muy bonita, por cierto) al inglés:

Mas pra que?
Pra que tanto céu?
Pra que tanto mar? Pra que?
De que serve esta onda que quebra?
E o vento da tarde? De que serve a tarde?
Inútil paisagem
Pode ser que nao venhas mais;
Que nao venhas nunca mais…
De que servem as flôres que nascem pelos caminhos?
Se meu caminho sozinho é nada…

El poema es de Aloysio de Oliveira y, como con tantos buenos poemas, ahora es vuestro.
Hala, a cerrar los ojos y tratarse el dolor de espalda o de lo que sea.

Autoría múltiple y complejidad de las investigaciones

Por razones que se me escapan, una alerta bibliográfica de esta misma semana me ha hecho llegar un trabajo publicado a mediados (y paginado a finales) de  2015. Confieso que he tardado en caer en la cuenta, es lo que tiene la fórmula falta de vacaciones + principios de Septiembre.

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Una recreación de la biblioteca en el gabinete de Lope de Vega

El caso es que el trabajo es muy interesante y, por segunda vez, trata de relacionar las complejidades del proceso de investigación con el número de personas que en ella intervienen y, finalmente, figuran como contribuidores y firmantes del artículo resultante. Su título es Authorship Inflation in Medical Publications y apareció en la revista Inquiry, que se autodefine como “The Journal of Health Care Organization, Provision and Financing. Los autores, que trabajan en la Harvard Medical School y los National Institutes of Health, tratan de decidir entre una alternativa simple:

It is unknown, however, whether authorship has grown over time due to growing complexity of published academic articles, in which case growth could be warranted, or whether it has grown due to pressures of funding and academic promotion, which have created “authorship inflation”

Para hallar una respuesta se centran en las tres principales revistas clínicas del mundo: British Medical Journal, JAMA y New England Journal of Medicine. Sólo por impresionar, la primera tiene un factor de impacto de 19,7; la segunda anda por 37 y pico y la última casi llega a 60.
Después seleccionan 50 originales publicados por cada una en los años de inicio de cada década entre 1960 y 2010. A continuación calculan el número de autores de cada trabajo, clasifican los originales según su metodología, desde estudios observacionales a ensayos clínicos multicéntricos y emplean el número de casos como un indicador de la complejidad mayor o menor del estudio.
Con anterioridad (en Junio de 2008) un grupo de epidemiólogos encabezados por el gran John Ioannidis abordó el mismo problema con una metodología similar, introduciendo en su estudio muchas más variables de tipo “cultural” como el país de procedencia de los trabajos o el factor de impacto de las revistas y siendo menos rigurosos al definir la tipología de los estudios. Pero ambos trabajos llegan a parecidas conclusiones; en el caso del más antiguo, esto concluye Ioannidis:

Overall, authorship may be shaped by the interplay of ‘‘publish or perish’’ pressures, collaborative needs, the visibility of research, and cultural norms (…) Even though we fully acknowledge the possibility of residual unexplained confounding, our analysis suggests that the increased number of authors over time has not been just an issue of increasing complexity of research.

Por lo que respecta al trabajo de 2015… pues igualico, igualico:

In summary, the average number of authors per publication in leading medical journals has grown dramatically in the last five decades. Increasing effort required to analyze and publish research is unlikely to be an adequate explanation. Instead, authorship “inflation” due to increasing academic pressure to publish, combined with a relative paucity of incentives to authors to reduce multiple-authorship, appears more consistent with the observed data.

La distribución por especialidades del número de firmantes en los trabajos españoles de investigación médica reveló que era mayor en Cardiología que en otras áreas y pude plantear un trabajo, que  nunca realicé, sobre la relación con la complejidad de las investigaciones. Mi idea, que quizá retome algún día, es expresar la complejidad mediante dos indicadores: una complejidad “instrumental” atendiendo a las técnicas analíticas o terapéuticas desplegadas y una complejidad “cognitiva” que parte de la diversidad de conceptos puestos en juego en la investigación.
De momento, permitidme que me calle las pistas sobre los indicadores, los proxies y las fuentes que se utilizarían.