…por no callar de lo que distingue el día (con arena)

Una llamada de teléfono y mi sempiterna incapacidad para decir “No” me retienen en el vaivén diario al campus de mi universidad- por otra parte casi desierta. Estos días me divierte el metro. A la ida suelo utilizar los auriculares para evitarme conversaciones estúpidas y el juego de cintura para evitarme todo tipo de lesiones, punzadas y rozaduras contra cualquiera de las innúmeras armas del utillaje playero: los vagones van repletos de grupos con afán de agua y arena, convenientemente pertrechados con bolsos de arpillera de bordes encrespados, sombrillas de amenazantes puntas, hinchables de todos los tañamos y filos (uno que simula un tiburón es divertidísimo) además de hordas de niños que se convierten en armas arrojadizas en cuanto se activan los frenos con más determinación de la cuenta. ¡ Y que duros tienen los huesos las criaturas !.
Mi regreso coincide con el final del “turno de mañana” de esa fábrica de pieles enrojecidas y cansancios y sed que es una playa, cualquier playa. El desaliño de la mañana se ha vuelto en una total pérdida de compostura, en una dejadez de arena en los tobillos y greñas rebeldes a las gomas, las gorras o los sombreros. No es que las miradas estén perdidas, es que apuntan a la penumbra de la siesta como a una tabla de salvación entrevista tras el sol que ha machacado desde los hombros a los empeines. Los niños, ahora inofensivos, se dejan mecer contra el cuerpo de sus madres y los bolsos y las sombrillas son ahora romos.
Pero quiero hablar de la mujer de la peluca.

arena

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La he visto esa misma mañana, en los diez minutos del transbordo, y en seguida he sabido que eso, el hecho de encontrarla, era lo que iba a distinguir el día. En algún tiempo entre los cuarenta y los cincuenta; en alguna talla entre el uno setenta y mucho y el uno ochenta y poco; de empeines y hombros y rostro blancos; fácil de adivinar bajo el vestido playero, largo y barato; el pelo moreno más corto que el mío, uniéndose en la nuca al lazo del sujetador; un regazo acogedor, según he supuesto cuando se ha sentado a mi lado y, al otro lado de su mirada azul, las páginas de un libro, separadas por los dedos que, además, sujetaban un lápiz corto.
He intentado encasillarla por su físico. De todos los arcos que contiene el cuerpo de una mujer, suelo fijarme en el arco de Eros (en el reborde del labio superior) y en otro que nadie ha nombrado y a mí me resulta más definitivo: el arco del cuello que se extiende. He supuesto que es eslava, aunque no sea rubia. Luego he rectificado y la he juzgado holandesa. Sí, creo que en eso he acertado.
Lo que distingue un día, sea persona, animal, circunstancia o cosa, necesita un nombre. De lo contrario, no es definitorio. La mujer que compartía el banco conmigo fue única no por ser alta, no por parecerme holandesa, gay, muy hermosa. La definía un libro de bolsillo que leía y marcaba de vez en cuando con un gesto rápido del lápiz. Confieso haber sido indiscreto, haber aguzado la mirada hasta apreciar que el libro estaba escrito en inglés y que la primera de las palabras que la mujer había circunscrito era “wig”.
Entonces ya no importó que estuviera leyendo la primera de las novelas de Harry Potter “Harry Potter and the Philosopher’s Stone”. En aquel preciso momento se convirtió en “la mujer de la peluca”.
Ese día, en que descubrí con horror,  la sinfonía Babi Yar de Shostakovich, en que me enfrenté a los proyectos que han desarrollado desde 2003 el consorcio multinacional de investigación sobre el Báltico, en que recibí algunos arañazos y empellones de los impacientes bañistas, ese día se convirtió y ya es y siempre quedará como el día de la mujer de la peluca.
Hablar por no callar siempre es tontería, esta vez también, y encima con la molestia de la arena. Me pregunto si esa mujer habrá nombrado su día según el tipo indiscreto que oteaba sobre su hombro su lectura. Y, ya puestos, me gustaría saber qué aspecto tenía ese mismo hombro en el trayecto de vuelta.

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