El honor en el olvido: para James Roy Horner

Hay quien se pasa la vida buscando el reconocimiento ajeno, quien quiere resultar importante a toda costa. Conozco de primera mano gente con el “síndrome del pedestal” (en su primera fase, más leve, se manifiesta como síndrome del estrado). Es una dolencia  que afecta a quienes pretenden mantenerse continuamente en el candelero, en la cresta de la ola, en la tendencia dominante. Todos somos importantes para otros en algún momento y luego, pasada la ocasión, seguimos con nuestras vidas modestas o anónimas o normales. Pero esa gente no. Necesitan mantener la atención constante sobre su figura y, como eso no es posible, reaccionan de dos formas: o bien se sumergen en una fase de desaliento, de depresión y resentimiento hasta que una nueva situación de éxito y relumbrón los aúpa o bien intentan que sus momentos de gloria se trasladen a cualquiera de sus restantes actividades. Así, un profesor merece el aplauso por el dominio de su materia, pero pretende extender el homenaje a sus opiniones políticas, a su destreza con la escobilla del wáter o a la forma en que cocina la lubina. Estos aún no se han dado cuenta de que el olvido puede ser un gran reconocimiento, a veces el mayor.
Obliterar significa anular, borrar y quizá también olvidar. La obliteración por inclusión es una forma un tanto técnica de referirse al sobreentendido, al dar por supuesto algo que es conocimiento común y de referirse a personas y personajes que no es preciso mencionar. ¿ De quién es “Las meninas” ?. ¿ A quién olvidamos y damos por supuesto cuanto hablamos de la quinta (sinfonía) ?. Pues eso.
Hace un tiempo me quejé de que el programa de un concierto sobre la saga Star Wars omitía el nombre de John Williams. Pero a continuación también escribí “lo que hace grande a John Williams o a John Barry o a Bernard Herrman es precisamente que sus nombres ya no importen”. Sí, parece un contrasentido y quizá lo sea, pero lo que queda es “la música de Darth Vader” o que todo el mundo reconozca el tema de 007 o el rechinar de los violines de Psicosis”.
Hasta los más jóvenes saben que la música puede contribuir al éxito de una obra cinematográfica. Y no sólo eso: a veces permanece la música y se olvida al músico. ¿ Qué sería del Puente sobre el Río Kwai sin que nadie silbara la marcha de los prisioneros ? ¿ Cómo cabalgarían Los Siete Magníficos sin su allegro tan enérgico ? Maximo el Gladiador no se reuniría con su familia sacrificada. El Bueno, el Feo y el Malo no la emprenderían a balazos. Superman no podría sobrevolar la esfera terrestre. James Bond erraría una y otra vez el tiro y, con toda seguridad, Rose DeWitt no se habría enamorado de Jack Dawson y el hundimiento del Titanic quizá se habría olvidado.
La película sobre ese desastre se estrenó en 1997. Del disco con su banda sonora se han vendido en estos veinte años 27 millones de copias y del tema de amor, la canción My heart will go on, otros 15 millones.
Según el razonamiento anterior, estaría de más mencionar el nombre del compositor, salvo por un par de detalles. Primero, James (Roy) Horner murió sobre las 9:30 del lunes 22 de junio de 2015, al precipitarse con una de sus avionetas  (le encantaba volar en solitario) sobre el desierto del Condado de Ventura, en California. Se acaba de cumplir el primer aniversario de su muerte.

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Shaofeng Feng y uno de los lobeznos de El último Lobo (Jean-Jacques Annaud, 2015 con música de James Horner)

Y segundo, el viernes 8 de Julio la Banda del CEM de Almácera dedica un concierto a las bandas sonoras, la música de películas. El programa es largo, unas nueve piezas más un bis. Algunas son pequeñas suites de películas infantiles, otras no y el bis, si se interpreta, es música de televisión, la que compuso Ramin Djawadi (un alemanote cuarentón) para la cabecera de Game of Thrones. El concierto incluye una pequeña suite de la banda sonora de Titanic (1997) y también otra pieza muy popular de Horner: The Mask of Zorro (1998). Además de esas dos bandas sonoras tan populares, compuso otras 156. Es raro encontrar a alguien que no haya visto intrigas como El informe pelícano (1993) o Gorky Park (1983) o dramas épicos como Braveheart (1995) o Troya (2004) o melodramas como Leyendas de Pasión (1994) o películas históricas como El nombre de la rosa (1986) o bélicas como Enemigo a las puertas (2001) o sus numerosísimas músicas para historias de ciencia-ficción. No hay género que no tocara y en todos destacó. Según propia confesión, “rumiaba” su música mentalmente antes de escribir una sola nota. Por eso resulta extraño y también maravilloso que fuera tan prolífico. Algunos años llegó a componer tres grandes bandas sonoras y, cuando murió, aún no se habían estrenado las películas con su última música: la maravillosa “El último lobo”, “Los 33” sobre la tragedia y rescate de los mineros chilenos y el drama deportivo Southpaw. La música para la nueva versión de Los Siete Magníficos (se estrena a finales de septiembre de este año) vuelve a mostrar la habilidad de Horner para manejar el sonido de los instrumentos orientales, japoneses sobre todo ¡ No está mal para una historia que originalmente ideó Akira Kurosawa !

El éxito se fabrica a partir de talento y formación. James Horner, que se inició en el piano a los cinco años, recibió su formación musical básica en el Royal College of Music de Londres. Algo raro para un californiano hijo de un emigrante checo. Después se licenció en música en la Universidad del Sur de California y trabajó como postgraduado en UCLA. Comenzó a componer para películas baratas en los 70 y… el resto es lo que es.
Ya sé que lo anterior no es poco pero, si os lo parece, si pensáis que los compositores de música de películas (que los pijos llaman música incidental) son menores, haced dos cosas: primero, recordad a Dmitri Shostakovich; luego, escuchad “Pas de Deux”, el doble concierto para violín y cello de Horner o su “Collages”, subtitulado pieza de concierto para cuatro trompas.
El cine, con ser un arte e industria de mostrar, oculta el nombre y ensalza la obra.
Deseo el olvido de Horner para aquellos que más han sentido el dolor de su pérdida: su mujer Sarah y sus hijas Emily y Becky, o sus grandes colaboradores, los directores Jean-Jacques Annaud y James Cameron. Deseo el olvido para Horner para que su nombre se sobreentienda y no importe. Para que lo único que importe sea oír a alguien silbando el tema de Rose como alguien tararea ese sol-sol-sol-mi(bemol) fa-fa-fa-do.

En el colmo de los contrasentidos, os deseo buen fin de semana rememorando una muerte, la del James Roy Horner. Eso sí, me niego a resignarme al silencio: disfrutad de uno de sus últimos (y mejores) trabajos con, claro está, un trailer.

 

Me gusta pensar que los músicos de Almácera rinden homenaje este viernes a Horner.

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