Al lío: Digresión en Berlín y piruetas con toques de lencería (actualizada)

Parece que todo el mundo está de acuerdo: Carmen es la más popular de las óperas. Incluso entre quienes han malinterpretado su trama y su atmósfera y la han despreciado como una historia “de pandereta”. Y entre esos otros que han arremetido contra sus… digamos “maneras relajadas”. Aún me duele en el alma el ripio que todas las folklóricas han entonado:

Carmen de España…manola
Carmen de España…valiente
Carmen con bata de cola
pero cristiana y decente

La producción de Carmen de la Staatsoper Unter den Linden, con dirección musical de Daniel Barenboim y dirección escénica de Martin Kusej, es extraordinaria desde el primer golpe de batuta, casi un navajazo, que el propio Barenboim asesta para que los músicos acometan el Allegro giocoso del Preludio, ese que casi todo el mundo sabe tararear. El diseño escénico es sorprendente y provocativo, como la adaptación. Sus responsables son Jens Kilian y Martin Kusej (no alucinéis con su página personal)  y ya los he añadido a mi santoral de artistas que todo lo mezclan (o confunden, según se mire).
Sólo por poner un ejemplo: la descripción de la escena inicial es muy somera en el libretto:
“Une place, à Séville. ­ A droite, la porte de la manufacture de tabac. ­ Au fond, face au public, pont praticable… A gauche, au premier plan, le corps de garde…”

Pues bien, Jens la borra de un plumazo para sustituirla por una pirámide truncada que emerge y gira para convertirse, ora en lugar de ejecución, ora en prostíbulo, ora en pista de desfile, ora en balconada, ora en taberna. Cemento grisáceo mágico. Me encanta y queda claro por qué hay quien le llama “el rey de los espacios vacíos”.
Lo que ya no está tan claro es que la ópera se inicie con la muerte de su protagonista y, así, se presente como un gran flash-back (en otras temporadas la ejecución se traslada al final). Resulta de lo más chocante que, después de arcabucear a Don José, los dragones del cuerpo de guardia se dediquen a la relajada práctica de observar a los paseantes:

A la porte du corps de garde,
pour tuer le temps,
on fume, on jase, l’on regarde
passer les passants.
Sur la place
chacun passe,
chacun vient, chacun va;
Drôles de gens que ces gens-là!

¿ …tuer le temps ? Vous n’y avez pas assez à tuer le pauvre brigadier ?

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Un momento de la representación de Carmen hacia la mitad de acto primero. See what I mean ?

Pero bueno, pecata minuta porque, como ópera, Carmen es un lío. Se le conocen desde el principio tres versiones. Quizá porque el estreno, el 3 de Marzo de 1875, no es que fuera muy exitoso, y ya se sabe que eso llama a parches y remaches. Además, hasta en el Paris de aquel siglo los espectáculos procaces y provocadores eran considerados de mal gusto. Añadidle que su compositor murió poco antes de cumplir los 37 años, justo tres meses después del estreno, y comprenderéis que eso dio barra libre a arreglistas, adaptadores y meticones de cualquier ralea. Aún hoy se reproduce el libretto en su formato original con tres actos mientras se suele representar la obra en cuatro, que son también los actos de la partitura que manejo.

Sur les quais y Jean Paul Gaultier

Es ridículo y hasta un poco pretencioso que se considere en general a Carmen y a esta versión de Carmen, como una parodia basada en el estereotipo de mujer de rompe y rasga + torero casquivano + militar arrebatado por la pasión. No es esa la dirección correcta. No lo fue en el estreno y no lo es en la versión reciente del teatro berlinés. Carmen, esta Carmen, ni menos ni más tópica u ofensiva que El Barbero de Sevilla, que la precedió en 60 años, es una excusa para la creatividad.
Y Heidi Hackl la tiene de sobra. Si estoy en lo cierto, esta austriaca de mediana edad, responsable de algo tan determinante como diseño de vestuario, ha asociado los temas universales de Carmen— sexo, muerte, traición y violencia— con el mundillo de los cabarets berlineses de entreguerra, un mundillo mucho más canalla y desordenado que las caves parisinas contemporáneas o los clubs neoyorquinos de los sesenta; un mundillo lleno, como la propia historia de Carmen, de sexo, muerte, traición y violencia. Y lo ha hecho llevando a la historia del siglo XIX cierta estética del siglo XIX: en lugar de rescatar mantones, redecillas y caracoles en las sienes, viste a las obreras casquivanas con corsés, sujetadores cónicos, ligueros y transparencias.

Las asociaciones no tienen por qué ser siempre de palabras. Las primeras que me han venido a la cabeza son estéticas y tienen que ver con la ropa interior de las cigarreras que, en palabras del propio Don José “se mettent à leur aise, surtout les jeunes”. Los diseños me han recordado primero la magnífica exposición itinerante que, hasta hace cuatro días mostraba muchos diseños de Jean Paul Gaultier en la KunstHalle de Munich. También me sonaban a la estética que envuelve la producción con que la agencia parisina Ogilvy ha relanzado su perfume Le Male (fabricado por Puig, todo sea dicho). Si tenéis ocasión de ver la versión completa del anuncio Sur les Quais (En los muelles) comprobareis con qué determinación se ciñe el corsé y con qué refinamiento se ajusta las medias para recibir a su impetuoso marinero la protagonista del anuncio, la modelo Michelle Boswell (1.87 and a fair girl, actually).
La lencería siempre ha estado de moda. Un reciente sábado, sin ser más lejos, el Victoria & Albert Museum de Londres inauguró una nueva exposición con el inequívoco título “Undressed: A Brief History of Underwear” y un contenido precioso. Pero ni quiero detenerme en los corsés de ballenas ni en las copas cónicas que el bueno de Jean Paul diseño para Madonna. Sólo me interesa dejarme llevar desde la plástica sin rumbo fijo ni, por supuesto, alusiones personales.

La Entartete Musik y el encasillamiento

En el Berlín de entreguerras (desde 1918 a la toma del poder del NSDAP en 1933) existía la “Entartete Musik”, literalmente, la música degenerada, aunque no sé yo si la degeneración estaba en la música o en los cabarets de ambiente donde se interpretaba. Hace muy poco paseaba por la Nollendorfplatz sin sospechar que allí estuvieron el Damenklub Altes Geld y el Böse-Buben Balle, el Baile de los Chicos Malos. Los títulos son más que sugestivos, así que os ahorro detalles (que, por otra parte, podréis seguir en un maravilloso blog) y me ahorro a mí mismo la vergüenza de no haber reconocido el Club Goya y los alrededores como uno de los epicentros del nachtleben (http://www.goya-berlin.com/berliner-clubs/).
Quien haya visto la película de Bob Fosse, tan popular, o esté al tanto de las andanzas de Amedeo Modigliani, se podrá hacer una idea  de ese ambiente al que tantos debemos tanto. Por mi parte, yo debo agradecer mi familiaridad con el tema a Ute, la magnífica Ute Lemper  que publicó su disco Berlin Cabaret Songs en1996 (con unos impresionantes 33 años). Todo el desgarro, la desesperanza, la decadencia, la ironía, el idealismo desalentado y el miedo de aquella sociedad, que tanto se parece a ésta, están en la voz de Ute. La tristeza puede contener mucha hermosura y las putas pueden ser tan tristes…
La cubierta del disco, en que Ute aparece virada en sepia con un arco de Cupido marcadísimo, me hizo temer lo peor: que aprovechando su voz, sus 1,75 de altura y su cabellera rubia, se hiciera presentar como imitadora o continuadora o renovadora de Marlene Dietrich. En el mundillo de aquel Berlin, la figura de Marlene fue tan omnipresente como la torre de televisión de Alexanderplatz lo es en la actualidad.  Y de su capacidad para cautivar da buena fe la larga lista de sus amoríos masculinos y femeninos. Resistirse a su influencia supongo que resultaba poco menos que imposible, aunque Ute ya había grabado sus versiones de los temas de la película de Bob Fosse diez años antes y era y es una grandísima especialista en la música de Kurt Weill. Por otra parte, en 1993 ya publicó una colección de canciones con el revelador título Espace Indécent y entonces y ahora suele frecuentar el repertorio de Edith Piaf, de quien cabe añadir, por aquello de no desviarnos demasiado del tema, que fue criada por su abuela paterna en un burdel de Bernay.

Creo que Ute ha escapado a la influencia de Marlene (y al cliché de femme fatal a la alemana) gracias a la ampliación de su repertorio y esa ampliación la debe, entre otras cosas, a los grupos de instrumentistas que la han arropado y acompañado. En 1986 la acompañaba la Berlin RIAS (Rundfunk im amerikanischen Sector) Chamber Orchestra; en su disco más reciente, donde glosa los poemas de amor de Neruda, se hace acompañar por Marcelo Nisinman y su grupo, muy cercano al quinteto de tango. Por el camino han quedado el Vogler Quartet y otros tantos grupos. Ute, ahora, no sólo canta: compone, arregla y dirige. Nada que ver con el ángel azul ¿ verdad ?. Las constantes de su obra son las mismas que las de las solistas y orquestinas berlinesas  de los años 20, las mismas que Martin Kusej identifica y hace explícitas en su producción de Carmen: sexo,muerte, traición y violencia. Lo que Ute y Martin nos incitan a reconocer es la imposibilidad de alternativas: nuestra propia bajeza.

Hora de acostarse

Llevaba unas semanas sin escribir algo que valiera la pena y por eso me he alargado tanto. Os dejo con una última pirueta, que ha pasado también por las manos de muchos transportistas. When did you leave heaven ? es el título de un album que Lisa Ekdahl grabó en 1995 con el trío (piano, batería, contrabajo) de Peter Nordahl. El album toma su título de su primer tema, una canción que compuso en 1936 Richard A Whiting con letra de Walter Bullock. En esos sesenta años, el tema ha pasado por no sé cuántas gargantas, incluyendo la de Bob Dylan (que lo destroza) y la de un menudo cantante negro llamado Little Jimmy Scott (que lo borda).

Lisa Ekdahl – When did you leave heaven from Lisa Ekdahl on Vimeo.

Si traigo aquí la versión de Lisa es porque, otra vez gracias al grupo acompañante, esta rubia sueca que ofrece una imagen de fragilidad podría haber caído en otra imitación: la de Marylin. De hecho, el mismo album contiene una versión de “My Heart Belongs To Daddy” y hay que verla interpretar otros clásicos como “It had to be you” para darse cuenta de que estamos al borde del peligroso abismo del “Boop-boop-de-boop!”. Pero no. Los chicos del trío, con los que llevaba actuando en clubes de los alrededores de Estocolmo y luego de París, se asocian con un realizador que no he sabido identificar para crear una maravillosa atmósfera que casi deja oler el desinfectante de los garitos a la hora del ensayo. Es buena esta música a la hora de acostarse y cerrar los ojos mucho antes de dormir. Me pregunto qué sería de nosotros si, en lugar del cuento de cada noche, nos hubieran ofrecido canciones así…

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2 thoughts on “Al lío: Digresión en Berlín y piruetas con toques de lencería (actualizada)

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