El juego al que nadie pierde

Hace poco, Amparo T quiso saber mi opinión sobre el saxofón. El instrumento que quiere tocar su sobrina, que tiene siete años. Su madre, como todas las madres, prefiere algo más refinado, más “sinfónico”, pongamos el oboe o el clarinete. Creo que Amparo se alegró cuando le dije que apoyaba la elección de la nena y le ofrecí algunos ejemplos del uso “culto” del saxofón para que los empleara como argumentos. Igual también le hablé de lo chulos que son los inicios con el instrumento, que tiene una buena curva de aprendizaje, pero no recuerdo todo lo que comentamos.
Tras cinco años de silencio, he vuelto a la música, a la lección de humildad de cada ensayo, al dolor en los labios (ardientes, por otro lado) y a trasnochar en primavera, cruzando a medianoche una huerta reventona de azahares a golpe de pedal. Esto, que Amparo aún no sabe, me sirve de excusa para generalizar, porque la elección de un instrumento queda en la vida de los chavales como la marca de un encuentro afortunado o como el mal recuerdo de una frustración que persiste para mal. Y esa es una gran pena.
La elección de un instrumento tiene muchos protagonistas y existe una gran diferencia entre la forma en que los músicos niños (mayoritariamente niñas músicas) sus padres y sus maestros la abordan. Voy a tratar a cada grupo por separado porque he sido testigo de muchas escenas sobre el particular.

La parte tonta

Los padres contemplan a los chavales sobre el escenario, impecablemente uniformados, con la mirada elevada hacia la batuta y los dedos en la posición de la primera nota a entonar y asisten a ese primer concierto con el mismo arrobamiento que a una ceremonia de primera comunión. Hasta llegar a esa primera actuación, tan fotografiada y grabada que se diría que un pasacalle es un paseo por la alfombra roja, han soportado pitidos, maullidos, pataleos, repeticiones sin cuento,  “nomesales”  llenos de exabruptos y a veces llantos, más pataleos, paseos arriba y abajo a la escuela de música y hasta resistencias y perezas de los propios nenes. El símil con el sacramento es deliberado. Sospecho que el debú de una criatura con la banda de música o el primer recital son motivo de un orgullo muy cercano al exhibicionismo social y familiar que rodea al ceremonial “de princesas y marineros”. Y es comprensible. Es muy fácil fantasear sobre las aptitudes de los chiquillos, creer que en el cuarto de al lado se desgañita una futura Callas o practica escalas un próximo Mozart. Cuando el impulso inicial, cuando la primera ilusión y la novedad se agotan, cuando la afición a la música sucumbe a otras aficiones o, pereza mediante, se considera incompatible el aprendizaje musical y la enseñanza general, entonces se cierra una etapa que, muchos años después, la gente suele añorar. Insisto en que escribo de primera mano, mientras contemplo el rincón en que los instrumentos se van cubriendo de verdín.

La parte interesada

He encontrado actitudes muy diversas en los profesores de música y en los directores de banda. Algunos, los menos, se han aprovechado de las pretensiones de los padres y de la ilusión de los chiquillos, las han manipulado en su provecho y han echado a perder aficiones, si no vocaciones, en aras de su propia vanidad. En otras palabras: los han forzado de una u otra forma a elegir un instrumento para cubrir, en su día, una plaza vacante en la banda. Ni que decir tiene que la alianza entre padres y profesores ha causado estragos. También he conocido profesores honestos e inteligentes, músicos con un oficio extraordinario que orientaban a chicos y grandes, sabiendo reconocer las cualidades y las limitaciones de cada uno, sin dar falsas esperanzas y con el suficiente tacto como para que nadie se sintiera ofendido o defraudado. Como alumno, he sabido apartarme de los malos y dejarme aconsejar por los buenos y, así, he disfrutado y hecho disfrutar de la música. ¡ Y lo que nos queda a la música y a mí !

2016-03-25 11.27.25

Los primeros brotes de las lilas de la Primavera recién estrenada. Por supuesto sin el menor sentido alegórico.

Amanda tras su atril

Observo un patrón común en las bandas y escuelas que conozco: la mayoría de músicas eligen instrumentos de madera; en los metales, en cambio, hay una mayor proporción de músicos que, según tengo visto, también dominan en la percusión. La otra noche, en mi primer ensayo en cinco años, tenía a la izquierda, como siempre, a la cuerda de saxofones. Y en ella las niñas eran mayoría aplastante: tan aplastante que sólo había una que, se llama Amanda. El saxofón está hecho de latón pero, no me preguntéis por qué, se considera un woodwind, un instrumento de madera ¡ tan de madera como la flauta !
En el programa había una suite sinfónica titulada The Island of Light (José Alberto Pina, 2013) un encargo de la banda de Ferreres (Menorca) que tiene una intención promocional de la isla. También un arreglo de la banda sonora de James Horner para Titanic y, claro está, un pasodoble (esta vez no torero, no militar, no de concierto y no fallero, sino andaluz): “Como las propias rosas” (Valentín Ruiz, 1952 creo). En el atril de Amanda, que debe andar por los 12 o 13 años, su móvil estaba emboscado entre las partituras; a duras penas, porque es grandísimo, absolutamente desproporcionado con su propietaria, que apenas lo abarca con la mano.

 

Sospecho que ni Amanda ni el resto de los chavales de la banda saben que James Horner se mató a los mandos de su propia avioneta el 22 de Junio del año pasado. Estoy seguro de que tampoco conoce las piezas que mencioné a Amparo en “defensa” del saxofón y, aunque me siento tentado, no voy a preguntarle si sabe por qué su instrumento tiene un nombre tan peculiar. Me la imagino a ella y a todas las demás amandas practicando los ejercicios de digitación con los consiguientes bufidos y rebufidos a cada pifia sin saber muy bien quién era el tal Hyacinthe Klosé que figura en la portada de su método. La he visto, en cambio, bromeando con compañeros de su edad (uno estudia la trompa y el otro “se declara” percusionista). Todos ellos sonreirán después de un pasar un ejercicio en clase, todos cuchichearán tras un pasaje, se burlarán de mis fallos y se tomarán la música como lo que debe ser para ellos: un juego.
Lo mejor de la música es que es un juego colectivo con reglas precisas. Jugando, jugando, Amanda y compañía (me incluyo) han aprendido un nuevo lenguaje; jugando, jugando apuestan por sí mismos, y refuerzan su identidad. Dentro de un tiempo, Amanda será, además de la propietaria de una sonrisa que derrumba, “saxo de la banda de Almácera” ¡ ahí es nada !.
Para ilustrar que la música es algo colectivo y el saxo capaz de una gran belleza, otra vez he seleccionado una rara combinación: el lento del Cuarteto  Americano que Antonin Dvorak (pronuncia borsak) un eslovaco, compuso en sus vacaciones de Spillville (Iowa, USA) interpretado por el Berlage Saxophone Quartet que, a pesar de ser de Amsterdam ha grabado el video en Rotterdam. El paseante de la imagen es balcánico ¿ Suficiente mezcolanza ?. Pues os va a parecer mentira la sensación de paz y añoranza que la música transmite. Muy adecuadas para estos días en que todo el mundo se ha ido.

La música es, entre otras cosas, un punto de encuentro de gente variopinta, pero que acaban teniendo mucho en común, a despecho de las diferencias de edad y condición.
Quiero que Amanda, que todas las amandas lleguen al Concertino de Ibert y a Glazunov, a la Rapsodia de Debussy, a la primera danza de Rachmaninoff, a Bernstein y a Villa-Lobos, al Viejo castillo de Mussorgsky y hasta al tema de amor que Vangelis compuso para Blade Runner. Pero si se queda por el camino, no pasará nada porque lo que de verdad importa está a punto de conseguirlo a poco que se tome en serio este juego. Todos deseamos que sea capaz de vencer la frustración, que se de cuenta de que el esfuerzo siempre acaba bien, que descubra que tocar su instrumento es una forma de expresar emociones inexpresables de otro modo y, acaso lo más importante, que aprenda que los éxitos y fracasos, grandes o pequeños, son colectivos, los conseguimos o padecemos entre todos.
La música es el juego al que nadie pierde. Participar en ese juego debería ser un acto libre de las ambiciones de los malos directores o las fantasías de los padres caldosos. Ojalá la sobrina de Amparo sea libre para elegir el saxo y jugar, jugar y crecer jugando.

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