Vísteme despacio, que tengo prisa

Algunos temas me persiguen. Y no creo ser un caso único. Esto funciona como en la interpretación de películas o  de teatro y muchísimo más de series de televisión: a uno lo encasillan y ya no se libra de la etiqueta. Mi más reciente encasillamiento ha sido en torno al retraso de publicación. Se entiende la tardanza con que los artículos de investigación aparecen publicados en revistas científicas.

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Reactivos en un laboratorio del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA) del CSIC. La foto la tomó Pedro Díaz en 2005.

Bien pensado, tengo pocos motivos de queja. El tema me ha reportado cierta visibilidad, recibo consultas sobre investigaciones de otros, colaboro con trabajos que tratan de arrojar nueva luz sobre ese proceso o problema y, a cada nueva incursión, aprovecho para refinar mi pensamiento (una forma pija de decir “devanarme los sesos”) sobre el cuánto y el porqué los artículos de investigación tardan tanto (algunos tan poco) en publicarse en revistas.
Allá por los negros días de noviembre, y tras la lectura de un trabajo de Ronald Vale, dediqué una entrada al retraso de publicación. Si ahora vuelvo sobre el tema es por dos razones: el trabajo de fin de grado que Silvia MQ dedica el retraso editorial en las revistas de investigación en Pediatría y la aparición, hace un par de semanas, de un nuevo reportaje sobre ese tema en Nature. Empecemos por éste último.

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La infografía (algo truculenta, de inspiración milenarista) que presenta el reportaje de Kendall Powell para Nature

Las tres páginas que Kendall Powell dedica a lo que titula “El Juego de la Espera” no tienen desperdicio. En su buen estilo periodístico, aporta casos muy interesantes y manifestaciones de tirios y troyanos principalmente sobre el retraso editorial. Además, descubre la existencia de un trabajo realmente valioso sobre el mismo. Los tirios son los investigadores que atraviesan un auténtico viacrucis, paso previo a un calvario, claro, que eventualmente conduce a la publicación efectiva de sus trabajos. El reportaje arranca con la experiencia de una investigadora canadiense que, tras casi dos años de envíos, revisiones, rechazos, nuevos envíos y más modificaciones, consiguió publicar un artículo sobre la relación entre el régimen de lluvias y la diversidad y distribución de los mamíferos de América del Norte hace más de 60 millones de años. Y no es el único tirio cuya nefasta experiencia se relata. En cuanto a los troyanos, los editores de revistas científicas más o menos prestigiosas, pongamos que se defienden como pueden y echan balones fuera achacando el problema al exceso de artículos sometidos a revisión y a la escasez de revisores dispuestos a valorarlos. Olé.
El trabajo realmente valioso que Powell menciona y en cuyos resultados se apoya es obra de Daniel Himmelstein, un chavalín que prepara su tesis doctoral en la Universidad de California en San Francisco. Sí, es un estudiante de primer año de doctorado pero ya cuenta con un major (licenciatura previas) en Bioestadística mezclado con genómica y computación. ¡ Qué bruto !
No es de extrañar, desde luego, que este otro tirio haya realizado, por propia iniciativa y tras sentirse otra víctima del retraso de publicación, el análisis más masivo del tema. Para abrir boca, en Junio del año pasado analizó las cifras de los siete títulos de la Public Library of Science (PLoS) y 3482 revistas más incluídas en PubMed, el mayor y mejor sistema bibliográfico centrado en la investigación biomédica. Cuando la Powell le contactó, se estiró algo más analizando el retraso editorial de 3.330.333 (sí, tres millones etc) de artículos publicados desde 1965 a 2015 y el retraso técnico (él lo llama publishing delay y Kendall production delay, que me parece mejor término) de solo 2.765.750 trabajos publicados desde 1997 a 2015. En este estudio su idea es seguir la evolución de las cifras de retraso y ¡ Oh sorpresa ! no se ha producido un aumento generalizado de los retrasos y la mediana del retraso editorial se mantiene alrededor de los 100 días. Como Daniel sigue pensando que lo razonable serían dos meses, recomienda la publicación online de preprints en sistemas como ThinkLab, la plataforma fundada por Jesse Spaulding para la discusión abierta, online y en tiempo real de los trabajos científicos.
Y ahora al trabajo de fin de grado.
Los retrasos en la publicación de artículos científicos no son un tema menor. Por un lado, contradicen la “norma de prioridad”; por otro, amenazan el sistema de recompensa y la consiguiente promoción. Lo explico en el siguiente párrafo.
La norma de prioridad, tal y como la formula Michel Strevens (New York University) se refiere a que todo el mérito y reconocimiento en ciencia se adjudica al primero en realizar un descubrimiento o un avance. En Biomedicina, los epónimos que se adjudican a enfermedades (anemia de Fanconi) a estructuras anatómicas (trompas de Falopio) y a otros conceptos reflejan este reconocimiento: Gabriele Falloppio describió las trompas uterinas en el siglo XVI, Fanconi la panmielopatía hereditaria en 1927. Por otra parte, el hecho de que cada nueva aportación científica se deba someter a un proceso aparentemente inacabable de verificaciones hace que su publicación se dilate más allá de los plazos razonables en que se ha de presentar como mérito en un curriculum o ante un tribunal. En otras palabras: uno no puede ser doctor en tres años si el conjunto de trabajos que forman parte de su tesis tardan cuatro en publicarse.
La aportación de Silvia MQ al estudio del retraso de publicación tiene algunos aspectos originales que yo mismo he deseado estudiar hace tiempo. Como tanto ella como otros han demostrado que es el retraso editorial (la distancia entre recepción y aceptación de un manuscrito) lo que más cuenta, vamos a poner esa distancia en relación con dos indicadores de la complejidad de un trabajo: el primero se refiere a la diversidad intelectual, al número de temas que el trabajo trata. El segundo se refiere a la complejidad instrumental, al número de pruebas y procedimientos que se realizan a lo largo del trabajo. Hay otras variables también en juego y espero que el estudio, que está muy avanzado, reporte a su autora una gran licenciatura.
Y a tiempo, claro está.

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One thought on “Vísteme despacio, que tengo prisa

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