Madrid bien vale un comienzo

La ley de Murphy es inexorable. Una de sus variantes establece que siempre que las cosas van mal, llega alguien y las empeora. Supongo que no puedo generalizar, pero observo que se amplía la nómina de perjudicados por esa ley, la clase de los contrariados. Son todos aquellos cuyas intenciones han resultado vanas, todos quienes han visto frustrados sus planes o los que se sienten despojados de algo que creían seguro, los que han perdido un medio de vida, o lo han encontrado muy lejos y los que, de forma recíproca, se han llenado de ausencias; también los que han hecho un balance que ha resultado desastroso. Son cada vez más y, a pesar de que se ven continuamente defraudados, insisten en mantener la ilusión de que las cosas van a mejorar. ¿ Cómo es posible ? El mecanismo parece simple. Primero, se atribuye el malestar a algunos hábitos, comportamientos, decisiones, condiciones, personas y hasta a las opciones que hayamos podido apoyar en política. Segundo, se renuncia a esos hábitos o comportamientos, se cambia de condición y relaciones, se rectifica o se anula o se olvida las malas decisiones, se abandona a las personas, se acomete un compromiso con uno mismo… Lo que hay detrás de los propósitos de año nuevo es eso: un borrón y cuenta nueva sobre hojas muertas de calendario.
Y ese pensamiento ¿ funciona ? Hay quien dice que no. Y lo demuestra.

Maria Konnikova es una neoyorquina de origen ruso, formada en Psicología en Harvard y Columbia, muy, muy inteligente y muy, muy atractiva. El próximo día 12 aparecerá su segundo libro, un ensayo sobre la psicología de la confianza, que se suma al primero, traducido ya al español.

En una de sus últimas contribuciones para New Yorker, Maria analiza algunos trabajos de investigación sobre los propósitos y su eficacia. El articulo es impagable y, de su lectura acoto algunos de los datos que cita y las ideas que esos datos sugieren.
En un estudio de los años 90, más de la mitad de los encuestados confesaron haber realizado propósitos de año nuevo. Solo el 40 por ciento los mantenían al cabo de seis meses y, dos años más tarde, sólo el 19 por ciento seguían en la brecha, aunque el 14 por ciento habían cometido algún desliz en su determinación.
Hace poco se ha demostrado que los propósitos son más efectivos si se realizan en un momento de cambio, momentos en los que sentimos que algo comienza. De ahí que las determinaciones de ahorrar, acudir a un gimnasio, perder peso o dejar de fumar son típicas de los principios de año. Pero también lo que nos proponemos al principio de semana, de mes, o de estación o de curso.
Pero ¡ ojo ! un exceso de optimismo puede hacernos fracasar. Muchos fallan porque se han pasado de ambiciosos, han menospreciado el esfuerzo que requería el cambio o esperan un beneficio excesivo como resultado de ese mismo cambio. Otros, pienso yo,  porque no se resignan a su condición, a su estado y edad, sin darse cuenta de todas las variaciones del mundo no cambiarán un ápice su identidad, que les aboca a la desgracia.

A estas alturas ya debe haber quedado claro que nunca hago propósitos de año nuevo. Sinceramente, no creo lo suficiente en mí mismo y cuando he conseguido algo, no he estado pendiente del calendario. Sin embargo, me confieso tan irracional como el que más: en lugar de fiar los doce meses a las doce uvas, he comenzado el año con una especie de invocación a la hermosura, y hermosa es cualquier cosa que haga la vida más agradable y el mundo menos mísero. Ha sido algo deliberado y, hasta cierto punto, contradictorio. En lugar de pensar en el futuro, el el año entrante, me he refugiado en un lugar del pasado que es para mí como un talismán: yo nunca regresaría de Sevilla, yo siempre volveré a Madrid.
No pretendo dar lecciones y mucho menos presumir. Las opciones personales son eso, personales y nada más. He tomado un tren, he saboreado las porras en la cafetería del hotel Mora, me he detenido junto a la Plaza de la Platería de Martínez, donde la marquesina del autobús marcaba unos sorprendentes 12 grados, y después de remontar el paseo, he rodeado el Museo hasta la entrada de los Jerónimos. Tres horas más tarde he saldo de allí en dirección a la Plaza de Matute, que guarda también un significado muy especial para mí. Es increíble que cada esquina me recuerde el nombre de alguien, como si las calles pertenecieran a una geografía personal y no a un barrio querido de Madrid. Pero esto también es personal y carece de interés.

¡ Peligro: lo que sigue es opinión personal !
Estas páginas están hechas con buenos deseos y siguen destinadas a compartir cosas que valen la pena. Disfruté de la exposición de Ingres pero, creedme, con ser cuarenta años más joven que Goya, ni se le acerca en la calidad de los retratos (lo dicen hasta los hijos de la Gran Bretaña)  y sus dibujos a lápiz, preciosos, no tienen sin embargo la fuerza de los del pintor español. Los cuadros de Ingres han vuelto a sus museos de origen, los de Goya siguen en las salas de la exposición permanente. Pero hay más.
Yo nunca he visto un huevo de Fabergé, pero las piezas talladas en cristal de roca por artesanos de hace 400 años no demuestran menos habilidad y gusto. El Museo ha dedicado una exposición a ese “arte transparente” y he elegido un video que muestra una de las más hermosas. Disfrutadlo.

¿ Lo veis ?. Cuarzo citrino y oro labrado. No hay Murphy que pueda con algo tan bonito. Y conste que los colores y el suave crujir de las hojas muertas en los adoquines del paseo del Prado, en este enero que parece octubre, son también preciosos. Madrid es una de esas ciudades que no necesitan de sus museos.
Gracias por haberme permitido parafrasear a Enrique de Borbón, esta entrada haya resultado descorazonadora y demasiado larga. No me tomeís por un cínico. Sólo trato de desearos algo más que buen fin de semana: ¡ Que tengáis un buen año !

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