1956

Todos los años son memorables, aunque sean pocos los que recuerda todo el mundo. A poco que los profesores de secundaria se esfuercen, conseguirán, por ejemplo, que 1492 resulte familiar a muchos españoles. Lo mismo podría pasar con 1812. En cambio, me parece menos probable que pase con 1808 o 1981 o 2004. La memoria de una fecha precisa- el dos de mayo, el 23 de febrero, el 11 de marzo- hace que el año a que pertenece se desdibuje. Son fechas que llaman a gritos a la efemérides, al aniversario. Y además son tribales, se comparten en grupos nacionales, aunque las del 4 o del 14 de julio se hayan publicitado más.
Todos tenemos fechas confinadas en la memoria estrictamente personal, ni siquiera familiar. Son fechas secretas, íntimas, habitualmente de recuerdo amargo; pocas veces las rememoramos con una sonrisa porque el recuerdo de acontecimientos amables se suele compartir. Pero veamos una excepción.
De los muchos años que podría mencionar, he elegido 1956. Y no lo hago ni por razones biográficas ni por motivos históricos. Lo hago porque una obra que, según he sabido luego, se escribió en tan sólo 13 días de ese año, me sigue tocando el corazón. Y desde luego tiene todos los ingredientes para hacerlo.
En 1973 compré mi primer libro adulto. Hacia 1980 releí la obra de Jules Verne y comencé a interesarme por la ciencia ficción. En 1988, en medio de la lectura del primer volumen de la serie del Mundo del Río, murió mi primer amigo. Un poco antes me topé con una curiosa novelita que estos días releo en su inglés original. Reproduzco su primera frase:

“ONE WINTER shortly before the Six Weeks War my tomcat, Petronius the Arbiter, and I lived in an old farmhouse in Connecticut”

Es el incipit de “The Door Into Summer”, la puerta al verano. Su autor, Robert Anson Heinlein, un buscavidas que pasó por la armada estadounidense, las minas de plata, las inmobiliarias y hasta lo intentó en política, relata peripecias extraordinariamente imaginativas para 1956. La criopreservación y el retroceso en el tiempo se tratan como complementarios. en todo caso, lo que más me interesó la primera vez fue el relato de los sentimientos que hacen progresar la historia. Aún hoy me resulta muy familiar: la lealtad de y hacia un animal contrapuesta al despecho que una doble traición provoca.

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El librito apareció en tres números sucesivos (octubre a diciembre ) de The Magazine of Fantasy & Science Fiction y al año siguiente se editó en tapa dura. Para mí, 1956 es más memorable por esto que por cualquier otra cosa incluida, y mira que lo siento, la primavera de Praga. Tanto me importa la obra que he consignado su aparición en la sección correspondiente de la entrada de la edición española de Wikipedia correspondiente a 1956.
En la imagen, la portada de la edición española de EDHASA (1966). Yo conocí la obra en la edición de Martínez Roca de 1986, que tiene una portada sosísima y sin gato macho.

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